Estaba aguardando el colectivo en la parada ubicada frente a la puerta giratoria de un rascacielos. Imponente, todo vidriado e impecablemente limpio por donde se lo viere. Seguidamente el paisaje descubrió ante mí difusas acuarelas en un mismo tiempo y espacio.
A ambos lados de la puerta de ingreso se encontraban alrededor de doce personas, cada una fumando un cigarrillo; algunas lo hacían de pie, y otros, dando pasos cortos, sostenían con pisadas impacientes un teléfono celular al que de a ratos miraban, como un tic, por si se les había escapado el ingreso de un mensaje de texto; otros permanecían sentados en los bordes de los canteros laterales, en tanto que otros recogían una de sus piernas y apoyaban contra la pared la espalda y la planta de uno de sus pies. Se mostraban distendidos, y al mismo tiempo fugitivos. La prohibición de fumar en determinados lugares en pos de preservar la salud de los no fumadores, los condujo a tomarse esos intermitentes retiros en la jornada laboral. En la esquina había una escuela, su ingreso principal lo era por la ochava. Sobre una plazoleta, pulmón de aire que se extendía frente al ingreso del rascacielos, en el césped había un grupo de cinco personas compartiendo dos cigarrillos entre todos, lo hacían sin apuro; sus ropas estaban roídas y percudidas; desgreñado el cabello de las dos mujeres, y sin afeitarse y con mechones pegoteados, el pelo de los tres hombres. Dos fachadas de inclusión y exclusión en simultáneo. Al margen; martes levemente nublado. Mi nombre es Virdomel, y mis rodillas terminaron por ceder el asiento, en el almohadón negro tornasolado con las 5 flores y sus 2 tallos en dorado, a la lumbalgia. Desplomé mi osamenta de cara a un hombre de mediana edad que calzaba en sus pabellones unos diminutos auriculares que despedían unos ronquidos estridentes. Por momentos el hombrecito se adormecía, pero algo parecía excitarlo y desorbitado miraba para todo su entorno. Zarandeaba la cabeza como unas antiguas mascotas de terciopelo, que los automovilistas solían instalar junto a los cristales delanteros o traseros de los autos. A estos últimos les bailoteaba la cabeza porque de fábrica habían salido así. De pronto el chofer clavó los frenos y el hombre se sostuvo con el pasamano del asiento anterior, sus reflejos le permitieron atajar uno de los auriculares al que retornó a su posición. Prosiguió palmeando sobre sus rodillas siguiendo algún compás, supongo; y agradezco que no lo haya hecho sobre las mías, por cuanto mis meniscos no hubieran descubierto el ritmo. Pero el destino parecía querer vincularnos, ya que el chofer para evitar una colisión dio un giro virulento, y ello provocó que el hombre de los auriculares terminara por estrellar la sección más eminente de la palma de su mano en mi cabeza. El mamporro me descolocó de tal modo, que mi lumbalgia y meniscos por un instante perdieron cartel, y yo la orientación. El hombre no escatimó en pedirme disculpas; y culpa no tenía. Todo el pasaje se sobresaltó, e instintivamente durante unas cuadras pudo verse cómo los que iban sentados se asían con firmeza del pasamano del asiento anterior. - ¿Cómo está la calle, no? –me dijo el hombre de los auriculares. - Ciertamente. Y lo han obligado a dejar a un lado su audio. - Sinceramente, es un escape; y soy consciente de ello. Lo necesito cada vez que regreso del trabajo. Es como deslizar una mampara entre mi actividad diaria y mi hogar. - Entiendo. - No sé si entiende. - Lo intento. - Vea. Trabajo como agente público del orden; ¡pero viajo sin la reglamentaria, eh! - Le temo a las armas. - Yo no la utilizo, por ahora no me ha sido necesario gracias a Dios; pero debí aprender cuando decidí ingresar a las filas. - Era su vocación. - No, en absoluto. Me dedicaba a la jardinería. - ¿Y cómo llegó a ese trabajo, si me es permitido conocer la respuesta? - Una indirecta forma de querer cuidar a mi hija me fue llevando a la profesión. Perdimos a mi esposa, su madre; fuimos presa de una acción delictual. ¡Y ojo que no fue para hacerme el superhéroe de mi hija, eh!, sino que sentimos mucho miedo; e inconscientemente terminé deslizándome entre los miedos ajenos; y desplacé aptitudes, hábitos y placeres…; pero todavía no pude desterrar ciertos pliegues internos. - ¿Y se le fue el miedo? - No. Ahora tengo otros; y sufro por las preocupaciones con las que queda mi hija cada vez que salgo a trabajar. La he llegado a ver llorar con mi chaleco protector entre sus manos, y tomarlo como si fuera tan vulnerable como un babero. No obstante, en primer lugar nos sostiene la fe ¿vio?. Antes de salir de casa rezamos el rosario, nos lo enseñó mi suegra; mi hija toma rumbo para sus estudios y yo para mi puesto de servicio. Entre mis plegarias pido la lucidez y el equilibrio suficientes para ser justo y servicial, y no creerme un paladín de la justicia; también pido que me sea posible regresar a casa para seguir viendo crecer a mi hija, compartir sus proyectos, y tratar de consolidar en ella el valor del hoy, de la fe, de la esperanza..., y que es posible un mañana. ¡Ese que le arrebataron a la madre siendo tan joven! Y por otro lado me fortalecen otras cosas, como el brillo acrílico y lluvioso que percibo en los ojos del anciano, ese que acompaña el ¡gracias! luego de ayudarlo a cruzar; los chiquillos del colegio que me sonríen al detener el tránsito; el ¡buenos días! de las viudas que en mi uniforme encuentran protección, sin ausentarse de sus bocas el ¡Que Dios lo bendiga, señor agente!; y le digo más, capto hasta las oraciones de la monja de la iglesia que está cerca de mi puesto, ella sabe a qué hora estoy para ayudarla a abrir el portón de ingreso... Perdón, ¿estoy siendo claro con todo lo que le digo? - Al punto de que entiendo lo de la mampara. … Antes de bajar se despidió de mí con cortesía y guardó los elementos de su mini audio; su mampara. Lo seguí hasta donde pude con la mirada y lo vi comprar un ramito de violetas. Lo seguí con el pensamiento, y procuré buscar qué relación podía haber entre su oficio anterior y la profesión actual. |