La cima y la sima llegan a fundirse y confundirse en el dulce de la pasión enceguecida. Ensoberbece a unos, al tiempo que llega a empequeñecer a otros. Y es el tiempo, dentro de un número perfecto, quien se ocupa de invertir periódicamente las posiciones, y verter en el canal del olvido y sin enconos, el gaste y el desgaste que produjo regocijo y desazón entre el aliento y un gol.
Será luego la historia quien se ocupe de hacer discurrir cómo son los amores por los trapos en un espiral multicolor..., en el que todos caben. Porque al fin y al cabo, no es nada más que un juego.
- ¿Fuiste a la cancha, Virdomel? - Nunca. - ¿Te gusta el fútbol? - Sí. - ¡No sabés lo que te perdés, tendrías que ir algún día! - Contame algo.
Bastó para que sin darme cuenta, mi interlocutor se convirtiera en un barrilete al que me costó hacer volver, quien comenzó diciendo: ¡Cerrá los ojos, Virdomel, vuela conmigo! Le hice caso, y prosiguió: Haz de cuenta que sobrevuelas en círculos un estadio. Si no te da vértigo, siente como rugen las tribunas, vibran como si pasara un tren. Las gargantas dejan de serlo y, cruzando el clamoreo el alambrado, se transforman en cataratas de amor por los colores que identifican al potrero, a un barrio, un pueblo, una aldea, un estado, una ciudad, una provincia; algunos enarbolan un himno para simbolizar un país o una región, ¡pero ya no es puro fútbol, y se va de cuadro la original razón!.
La voz del estadio incluye a los espectadores entre los protagonistas; el paisaje celestial –frío, viento, luna, calor, lluvia, sol- forma parte, y relatores y comentaristas bajan de ese infinito espacio figuras que vuelcan en los sentidos de los asistentes y los oyentes.
La hinchada se abroquela, y el espíritu del jugador descubre en su complemento, los reflejos y latidos del escudo bordado a la altura de su corazón. No son músculos, no son huesos, no son números, son almas que anhelan durante un ratito de entretención, gozar con la satisfacción de ver ingresar el balón que, vehementemente, se estrelle e inflame la red del otro equipo, transformándola en portentosa gárgola y porrista de animación.
Y la voz del estadio recuerda los nombres de los veintidós, de los suplentes, de los árbitros; alude sobre la presencia de la concurrencia. ¡El colorido y el fulgor!
La pelota descrina el césped, los jugadores se arrastran y le arrancan algún cabello; el árbitro y los jueces de línea pisan fuerte y parten hacia la línea central para convalidar el acierto; se escuchan las voces que con enjundia se despliegan, y las otras..., Virdomel, lamentablemente se repliegan. Pero el match continúa y se invierten los papeles. Por momentos hacen jaque, tablas y jaque mate pastor; pero este último no es imperecedero, y se recicla en los artilugios del jaque de la semana. Cuando hacen tablas desdibujan las estadísticas, y los jaques juegan con las pulsaciones en el plano verde inclinado que equilibrio el futbolero busca.
La voz del estadio, relatores, comentaristas, camarógrafos y directores se desvelan por generar atractivos dentro de ese espacio de recreación. ¡Ingenio y creatividad para la próxima función!
Uno piensa en la semana qué hará el técnico para dar la vuelta. Y debates espontáneos surgen en el colegio, el bar, la obra, la oficina y la universidad. Pero si uno ciñe la razón a ello, cae en el vacío, porque la vida exige depositar genuinos propósitos y esperanzas en las cosas que hacen elevar al ser, y un poquito al estar.
Y la voz del estadio, que es una sola voz, advierte la presencia de aquellos padres con un bebé al que visten con los ridículos colores para unos, y distintivos para otros. Los abuelos se babean cuando los nietos balbucean la estrofa de alguna vieja canción de cancha, y las arrugas del vitalicio carnet se han convertido en el más bello pentagrama. La radio portátil y el trípode ya no cuentan, padres, abuelos y nietos se buscan entre las bandejas para festejar el mismo gol. Finaliza el partido; padres y abuelos miran hacia abajo, y los proyectan futuros ingenieros, oficinistas, abogados, deportistas, maestros, arquitectos, obreros, cirujanos..., pero también los fantasean poetas y astronautas..., con sueños de campeonatos desde algún tablón.
Y la voz del estadio escolta el apagado de las luces; mas luminarias enardecidas y languidecidas luminarias, en el fondo saben que otra vez se encontrarán. Porque sobre todo el fútbol es un juego..., y también de luces.
- ¡Sonó interesante! - Quizás nos encontremos en algún partido de fútbol, Virdomel. ¿De qué cuadro sos? - De ese que me describiste vos; en el que sólo es un juego.
Un pasacalle: Si pensás que podés dañar, es mejor que tomes por la otra vereda. |