Mi nombre es Virdomel, un aprendiz de las inagotables manifestaciones del amor y sus destinatarios; y muchas veces testigo, cuando no parte, del adocenado desamor. - No estoy de acuerdo con usted señor Pablo –dijo el más joven, guardando una postura respetuosa, gesto adusto imperturbable, quien se hallaba sentado junto a la ventanilla y no cesaba de mover su pie, haciendo vibrar su talón como si un aguijón lo acosara. - ¡Pero entiende Pablo, estás como enamorado de antiguas escamas! –respondió el otro, evidentemente de igual nombre, con algunos años más, delgado, cejijunto, de cabello ondeado y sentado con las rodillas casi pegadas y dispuestas en paralelo al pasillo. Me arrodillé junto a ellos para escuchar más acerca de la conversación. Ya los había visto en otras ocasiones, pero la expresión “enamorado de antiguas escamas” me sedujo. - ¡Siempre lo mismo señor Pablo, por el momento seguimos sin coincidir en varios temas, debo bajar, tenga usted muy buenos días! - ¡Buenos días Pablo! El hombre mayor siguió leyendo un escrito que portaba, no me dirigió la palabra; yo estaba como un cachorro esperando cazar algún mendrugo, hasta que este segundo Pablo, o el primero si lo pienso en función de su edad, me dio el papel que llevaba consigo diciéndome: ¡todavía no me entiende Pablito! ¡Buenos días! Me apresuré por leer el escrito y desentrañar el tenor de la conversación y entendí cual era la razón por la que discutían los Pablos cuando terminé de leer:
Presunto raigal de una deidad, antiguo rey callejero, entrometido y errante, ese era Tidiano.
Portando cetro elegante, alarde majestuoso de su autoridad y vigencia hacía. No se le conocieron ni reconocen definidos tiempos de pertenencia ni períodos de reinados. De su firma, infieren los grafólogos, se puede advertir la rigidez de su disciplina, como determinante eje de accionares e inquebrantables conductas. Atribuyéronle valentía por su permanencia y constancia; otros, distinción por algunas exclusividades excéntricas; no se ocultaron quienes menoscabaron sus dones; y otros..., y otros..., y otros... Pero en y con el tiempo, ¡ay qué cosa el tiempo, digitador y rotulador hasta de sí mismo; al que desde la distancia, y con hitos intermedios, se mira hacia sí y se auto titula historias!, de un ayer que fue hoy, de un hoy que fue mañana y de un mañana que fue ayer; y no ajeno a esos tiempos, en alguno que sí fue; otros, al incansable rey, lo llamaron loco. ¡Pero qué loco, Tidiano! Estrecho y mediocre un día se sintió, enrollando y desenrollando sus aliteradas historias. Empolvadas, anquilosadas, sin vetas, ni vectores; sólo grietas transitadas siempre por el mismo hollín. Tidiano reinaba, inquieta locura también. Locura lo toma y querencia también. Irrumpe locura. Lo enamora..., y lo cura también. Conquistado Tidiano aprehendió con locura, del brillo que emerge, laberíntico edén, de apreciados incrustes, camafeos vivientes, innovadoras locuras en el loco Tidiano también. |