SAVIADURÍA©

Libro

 

Editorial Dunken

La Nona

- ¿Me ayudás a abrir la ventanilla, por favor?
Y quedate junto a mí Virdomel; tengo algo para mostrarte.

La dama fue extrayendo del sobre de su agenda, como quien desliza aquel cajón de la cómoda en el que conserva un invalorable objeto, y que por ser inestimable deja de ser tal, una foto; la que a su vez se encontraba protegida por un film.
La tomó con ambas manos, hizo una pausa, la miró con sumo candor, y compartiendo pulpa de sus entrañas me dijo:
- Un regalo de Dios, un motivo de orgullo; centro de mis conversaciones, núcleo de mis atenciones; mi rodrigón ante el desaliento, burbujas de color en el mañana de mis hijos; el soporte de emoción que restablece el ánimo en las fatigas de mi esposo, la atinada sonrisa y por qué no el oportuno llanto que evita las interferencias; el protector de pantalla que agiliza el parpadeo de los ojos de la bisabuela, la escultura viviente que recorre el jardín y a su antojo nos conduce a descubrir la naturaleza desde otro lugar. Una enciclopedia que define y actualiza con el brillo de sus ojos lo que es la admiración.
Un volcán de mermelada que destella bajo una perpetua luna con miel. Mi nieta, Virdomel.
Su nombre es Ana Guadalupe, ¿No es bellísima?
- Ciertamente.
- ¿Nada más que “ciertamente” me decís? ¡Qué poco expresivo!
- Es que su descripción me ha dejado sin palabras ¿Qué podría preguntar o agregar, yo?
Sólo con observar detenidamente la oscilación entre el ímpetu de sus gestos, y la suavidad que salía de sus palabras escoltadas por la ternura del sonido de su voz, fueron suficientes argumentos para entender lo que significa esa criatura para su corazón.
- ¿Tanto se me nota?
- Se nota que es amor.
- Tengo una idea. Hoy es el cumpleaños de Guada ¿no vendrías a casa?
- ¿Quién? ¿Yo?
- Sí. Vos ¿por qué ese tono?
- Es que me toma por sorpresa. ¡Eeeehhh!... no tengo con qué; y tampoco sabría qué llevarle de regalo.
- ¿Sabés una cosa? Me alcanzará con que aceptes venir. Es más, también está invitado ese almohadón de fondo negro tornasolado, y con esos detalles en dorado.
- ¿Con mi almohadón también?
- Sí. Por supuesto. He visto que es muy importante para vos.
- Debe ser por las 5 flores que salen de los 2 tallos, los ochos dispuestos en forma horizontal; y que además perteneció a mi familia. Siempre estaba sobre un escabel junto al secreter que utilizaban mis padres. Allí escribían cartas a sus familiares durante algún tiempo. Luego el intercambio tuvo menos frecuencia, hasta que dejaron de hacerlo. Los compromisos laborales terminaron por absorber esos tiempos de relax; y por las noches el agotamiento hacía eco en la carnadura de los viejos. Con el tiempo ya no veían bien. Sus pulsos ya no eran como cuando escribían cartas al resto de la familia. A veces creo que se reencontraban con aquellos en la oración del rosario, o en las peticiones que, sobre el altar, dejaban en la misa del domingo.
Sabe que no me parece tan mal ir de visita a su casa, ¿no le molesta que vaya así vestido?.
- Me molestaría si rechazaras la propuesta y no bajaras conmigo antes de la terminal del recorrido.
Mi esposo te ha visto en el colectivo y hemos hablado de vos.
- ¡Qué vergüenza!
- No sientas vergüenza. Lo que hacés está impregnado por la búsqueda de procederes rectos.
Y si sos un mendicante de amor sabrás apreciar el que impera en mi casa, aunque no sea el pedestal de la rectitud.
- ¡Cuánta nobleza y humildad la de ustedes, señora!
- ¡Nada de señora, llamame Marbrisa!, y sencillamente es una invitación a una reunión familiar por el cumpleaños de Ana Guadalupe.
Además podrás conocer las plantas y los árboles frutales que hay en el fondo de casa. Hay pomelos, naranjas, mandarinas, limones, ¡incluso mucha uva!.
- ¿En esta fotografía la niña está en ese jardín, Marbrisa?
- Sí.
...

* * *

Había perdido la costumbre de andar tan tarde por la calle. Lo pasé muy bien. Caminé varias cuadras antes de subir al colectivo para el regreso a casa. Conocí y me reconocí dentro de una numerosa familia.
Entre los hermanos y hermanas mayores y sus respectivas parejas, trataban asuntos familiares y algunos de índole laboral; los primitos correteaban del salón a la galería que separaba el caserón de ese fondo lleno de variedades frutales. Se respiraba un aire familiar que venía de otro tiempo, de regiones diferentes, con relieves singulares, con sones naturales pero no comunes. Me hicieron sentir parte de su mundo. Ana Guadalupe jugó a su mejor juego, el de dar y recibir con absoluta espontaneidad; lo hizo de hija, prima, sobrina, sobrina nieta, nieta y bisnieta; también se entretuvo con mi almohadón negro tornasolado con detalles en dorado; puedo garantizar que estuve a punto de obsequiárselo por el valor que para mí tiene; pero me contuve por la sencilla razón de que hoy por hoy lo necesito. Me pregunté si era egoísmo, aunque urgente concluí en que lo era porque aún me asiste para capitalizar la belleza que mi corazón aprecia en un sinfín de ajenas vivencias; ¿si podría utilizar otro almohadón? Sí, ciertamente; muy probable es. Pero su relleno me sostiene, su origen y peculiaridad tiene para mí un valor inigualable comparado con el que pudiere tener otro almohadón de las mismas características, y hasta quizás, más aparentemente esponjoso.
El esposo de la abuela de Ana Guadalupe en un momento me dijo que yo era famoso en los colectivos, y como el grabado que tiene el almohadón, le respondí: ¿Famoso, yo? ¡No, nada que ver!

Luego pensé:

Lo fui, lo soy, y lo seré -al menos en este plano- ¡sólo para ella!; porque yo también alguna vez conocí “el” amor; y late en mi corazón un compromiso, una alianza celebrada en una mesa de café, una realidad de cara a la cartelera de un teatro; “¡yo seré famosa para vos, y vos serás famoso para mí, con eso alcanzará!”.
Pero debo confesar que era un amor mezquino, porque ella y yo nos habíamos convertido en el centro de atención del otro; yo veía a través de ella, y si bien nada obstruía el flujo de nuestras miradas, ni ruido alguno perturbaba o nos distraía, no era bueno... Es pasado ya; ¡Gracias a Dios!

Estoy frente a un cruce de barreras, una formación de tren acaba de pasar.
Sigo caminando; trastrabillando en los baldosones con álbumes rotos; quebrando sin querer ramitas al pasar; recogiendo las luces de una huella; desechando algunas de mis sombras cerca de una mustia lamparilla; inhalando las vibraciones de las pinturas húmedas y quebrajadas de los antiguos zaguanes; dejando penetrar por las ventanas de mi corazón la luz que atraviesa alguna cortina de lino o de algodón, como la que proviene de los faros de algunos coches y rozan mis rodillas...; y sigo caminando.

El pronóstico Virdomel dice: Miércoles azul. Me voy a dormir. Chau.

Microclima: ¡whispers...zzzzZZZ!