SAVIADURÍA©

Libro

 

Editorial Dunken

La cuenta imperfecta

Mi nombre es Virdomel. Subí al colectivo y me senté sobre el almohadón que ustedes ya conocen, y entretuve algunos de mis sentidos con los desperdicios que se les caen a los pasajeros.
Hallé: tickets, sorbetes, botellitas descartables, envoltorios de golosinas y alimentos salados, bollitos de papel y boletos anudados.
Los respaldos de los asientos estaban escritos con declaraciones de amor; aullidos sociales; invitaciones a recitales…; y no faltaban rivalidades con procacidades varias.
Provocaban sobresaltos las vibraciones que producían los vidrios flojos de algunas ventanillas que amenazaban astillarse.
De pronto:

- Perdón por la interrupción.
- Adelante; usted dirá.
- Estuve observando desde que subimos en el mismo lugar, que usted ha venido rezando en voz muy baja; y hace rato que se ha detenido mirando algo…
- ¡Efectivamente! Estoy rezando el rosario.
- … y me intriga qué razón pudo haber habido para interrumpir la secuencia en el rezo.
Perdone mi curiosidad ¿sí?; con respeto se lo digo.
- No se preocupe; y entiendo su inquietud…
- He visto el avance de cómo iba desgranando y, ¡eehhhh!...
- …permítame comentarle entonces.
Ya han pasado casi siete meses desde que me obsequiaron este rosario. Se nota que es de una madera muy fina, sus cuentas resultan ser muy suaves al tacto, parece ser hecho de roble, aunque yo en realidad no entiendo de maderas.
¡No es fácil distinguir la buena madera!...

La otra persona se mantuvo en silencio.

…Antes de salir para el trabajo ya lo pongo a mano para ir rezando durante el trayecto de ida. También lo hago de regreso a casa. Y hasta hace un instante, no había descubierto durante su desgrane, que había una cuenta, entre comillas, imperfecta.
Detuve mis pensamientos en esa cuenta imperfecta en la que vi mi reflejo…
- ¿Reflejo en una madera?; ¡Perdón por interrumpir otra vez!
- …No es nada; le sigo contando: Si usted se fija en el resto de las diminutas esferas, no se percibe imperfección alguna. Tienen una redondez homogénea, un brillo equilibrado, una equidistancia que evita roces y pérdida de la concentración durante la oración, una adecuada distribución entre las que son lisas y las que tienen un sutil veteado. Se nota que un tallo fuerte las mantiene unidas y al mismo tiempo les brinda la adecuada libertad, que al admirar su cuerpo todo y suspenderlo desde la curvatura, ¡es absolutamente dócil y maleable!, transmitiéndole afabilidad al tacto.
La cruz es de un solo cuerpo, y de su seno asoma un blanco lirio (alusión a Santa Gertrudis -revelación privada-).
Pero me encontré conmigo al darme cuenta de dos cosas: la primera es que no he tenido el tacto suficiente para descubrir esa cuenta imperfecta antes; y la segunda es verme en esa cuenta imperfecta…
- No entiendo bien a qué se refiere.
- ¡Toque ésta esfera, por favor!
- No, está bien. No hace, falta.
- ¡Pero vamos, toque! ¿A qué le tiene miedo?

Es de imaginar que esa expresión en voz alta, hizo que inevitablemente el resto del pasaje no tardara en darse vuelta, y mirar hacia quienes iban hablando respecto de la cuenta imperfecta que una de las personas había advertido en su rosario.

- Es cierto. Al simple tacto no se llega a encontrar la marcada diferencia; pero sígame contando por favor…
- Ahora me va entender mejor.
Cuando hace un momento llegué a esa esfera, y descubrí después de cierto tiempo que estaba como magullada, pero que en realidad era una cuenta imperfecta, pensé en cuántas veces, yo habré sido una cuenta imperfecta entre los eslabones de la vida de alguien.
Porque si usted se fijó bien, la esferita hace que haya un pequeño desplazamiento si uno mira atentamente la caída del conjunto, y hasta llega a producir un desvío en la dirección de las luces que pasan por el entrelazado.
Si pongo en foco a alguien en particular que haya pasado por mi vida, me encuentro quizás, por dar un ejemplo, con alguien en quien yo aparecí en su vida, y hoy me doy cuenta que fui una especie de un eco difuso de su pasado, que en cierta forma aturdió y confundió su presente, y terminó por producir un corrimiento en el trazado perfecto de su futuro.
¡Bien podrá usted decirme que fui un mal necesario, pero es que yo no quise perjudicar a esa persona!; y me convertí en una suerte, o no, de una cuenta imperfecta que no le dio un resultado satisfactorio.
Usted lleve el ejemplo al aspecto que a usted le plazca.
A ver si me explico, es como cruzar en forma imprudente una calle, parece algo tan simple y sin embargo puede traer consecuencias nefastas. Obviamente no es el caso del ejemplo que le di, pero la ligereza, a veces nos hace obrar en forma inadecuada y somos lo que quiebra la ecuación perfecta, o que está en proceso de aspiración a serla.
Observando la cavidad y rusticidad que ofrece esa simple esferita, también pensé en cuántas veces rompemos el equilibrio y la armonía de los otros sencillamente por satisfacer una necesidad individual, y no me refiero a una necesidad netamente egoísta y mal enraizada porque sí; porque bien puede responder al más noble de los sentimientos, cuya nobleza se ve mancillada simplemente porque enturbia una parte del todo.
- Yo vengo a ser una especie de interrupción en esa armonía en que venía ensimismada su esencia.
- No. Porque me sirvió para compartir algo.
- A mi también me hace reflexionar.
- Entonces sirvió para los dos.
- Digamos que sí.
- Pero faltaría algo más.
- ¿Qué cosa?
- El procurar que de la ecuación se saque fruto jugoso y saludable.
- ¿En qué sentido?
- En el sentido de que a medida que uno va descubriendo en qué medida deja al descubierto y desvalido aquello que protege y asegura el bien común, y por ende emergen cuentas imperfectas que bien podrían ser bellas perlas, uno vaya purificando con un pulimento desde lo interior, buscando la perfección, frente al tratamiento de la situación siguiente que exija de nosotros el mejor de los tratos; y partiendo de un buen tratado, creo que resultará la mejora en la ecuación general de la que formamos parte.
- ¿Siempre es necesario ese pulimento?
- Para mí sí, porque partiendo de esa reconversión, es cuando quedamos aptos, con doradas entre comillas, sin ellas es imposible, para resucitar, dar un nuevo paso, volver a empezar, y procurar ser signo positivo y de proyección en el contexto general.
Porque es imposible distinguir desde la cuenta propia sustentada exclusivamente en nuestra razón, cuándo, por ejemplo: nuestra dulzura cruza el límite y, transformándose en dulzaina, termina por ser la amargura del otro; nos sentimos la sal, pero terminamos salando; aparecemos como la chispa imprevista que sobresale, pero terminamos incendiando; creemos en lo oportuno de nuestra aparición, y una vez cruzado el territorio descubrimos que nuestra huella irrumpió desaguisadamente; consideramos ser la palabra amiga y, sin embargo, bien podemos ser motivo de turbación…

Los tres, bajamos en la misma esquina.
Los tres, creo que teníamos el asomo de una lágrima.
Los tres, tomamos por nuestros caminos respectivos.
Los tres, supongo que nos fuimos pensando en tratar de no (volver a) ser la cuenta o el saldo objeto y sujeto de imperfección de alguien…, buscando el equilibrio.

Cuando llegué a casa tomé la Biblia y volví a leer:
“...Pero entonces, no soy yo quien hace eso, sino el mal que reside en mí, porque sé que nada bueno hay en mí, es decir, en mi carne. En efecto, el deseo de hacer el bien está a mi alcance, pero no el realizarlo. Y así, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Pero cuando hago lo que no quiero, no soy yo quien lo hace, sino el mal que reside en mí…” (Rom. 7, 17-20)

Luego recordé:
“…Conocer a los demás es sabiduría; conocerse a sí mismo es iluminación…” (Lao Tse)