Mi nombre es Virdomel, y veo que las aves hacen equilibrio en una rama. Si fuera escritor quizás editaría un libro; y si bien hay una biblioteca que registra en cada mínima fracción de tiempo mucho más de lo que yo veo, me gustaría compartir a través de un libro, algo de esas estampas testimoniales a las que accedo yo. Falible y perfectible por excelencia, sólo puedo contar; mas me cuesta mucho internalizar y poner en práctica el todo que aspiro aprehender, por cuanto un insignificante aprendiz de fe y amor soy. Bien sonará como excusa lo de aprendiz, puedo asegurar que no es así, porque la vida presenta adversas situaciones, conflictos externos tienden y echan raíces al menos en mi interior, y los mordiscos del siglo hacen un blend con los instintos y corroen y desequilibran las emociones; y tentáculos oscuros asechan a las debilidades a la vuelta de la esquina..., y hacen carne. Entonces cada día me apresuro por tomar bellos ejemplos de un tomo de algún asiento, y llevarlo para mi interior..., porque perfectible soy; y misericordioso es Dios.
Subí a un colectivo, lo hice luego de que una joven lanzara con pasión una moneda en la fuente de las aguas danzantes, esa que regocija la vista de los paseantes, y que por momentos alimenta las esperanzas de los pacientes, de los que ambulan aguardando un llamado, un encuentro, un cruce de miradas, un saludo en particular, una solución a algún problema, una aprobación, una oportunidad de ser, o ser tenido en cuenta para... y tantas cosas más. Me fui trasladando para el fondo, acomodé mi almohadón para atender un debate, ya iniciado, sobre el tema de la moneda en la fuente: Pasajero 1: Es innegable que tiene algo de misterio. P2: Independientemente de que como cuadro viviente, un atractivo es; yo más bien lo tomo como la búsqueda de aferrarse a una solución mágica. P1: Pero a la persona le hace bien. Le crea una expectativa. Lo transporta. P2: A una dimensión errónea. La magia, a mi saber y entender, sirve al sólo efecto de ser un bello despertador de la creatividad en los infantes. O la concibo como el énfasis coyuntural que se le quiera dar a una impronta; sólo eso. P1: ¿Y qué piensa de los que usan una cinta roja en la muñeca? P2: Una fatuidad del ser inferior. Una estertórea candidez. P1: ¡Yo uso una; usted no entiende!. Se busca en algo, que ese algo le haga el aguante. P2: Mire, de eso no me hable; la cultura del aguante me parece muy superficial. Es la resultante de un auto-aturdimiento social en el que se diluye la plenitud del ser. P1: No concuerdo con usted... P2: Me parece muy bien. P1: ...Cuando me presento para dar un examen, a mí me gusta que los amigos me hagan el aguante en el pasillo o en el hall central; y con la pulserita roja... P2: O se mimetiza entre el aguante. ¿Qué componentes tiene eso que usted llama el aguante? P1: En que me siento acompañado. P2: ¿Acompañado o masificado? ¿Acompañado o con una imperiosa necesidad de pertenencia? P1: Quizás ambas cosas. Acompañado, respaldado y con la necesidad de pertenecer. P2: Digamos que de suceder lo contrario usted no se reencuentra con el núcleo de su identidad; se siente vacío, indefenso, disperso y desprotegido. ¿Eso lo conduce a asirse de la presunta magia que yace en un objeto, en este caso una pseudo-pulsera; en que le hagan el aguante? P1: Uhmmm, no sabría qué responderle. Tendría que pensarlo detenidamente. Pero que me hagan el aguante lo necesito; como necesito hacerlo yo, por y a los demás ¿No necesita usted ser considerado? P2: Que me consideren y respeten es una cosa. Que me soben el lomo es otra. P1: ¿Y usted quiere decir que “hacer el aguante” es sobar el lomo y no es considerar? Tal vez usted no esté considerando mi valoración por “el aguante”. ¡Usted no es dueño de la verdad! P2: ¡Está en lo cierto, caballero! Pero es que voy más allá; la liviandad de su expresión y las formas de exposición del término, ¡casi en un contexto ingrávido!, me remiten a lo que comprende una horda, una caterva, a un tropel que ¡no necesariamente comete tropelías!; a un desborde, porque creo que la misma enunciación enturbia, enceguece; sintetiza con ligereza. Una pseudo-euforia consume a sus integrantes en una masa amorfa, por supuesto que para nada compacta y fácilmente maleable; e inevitable y lamentablemente se desprecian componentes no materiales, ¿me explico?. P1: Estoy pensando. Tratando de unir lo del aguante con lo de la moneda en la fuente y la cinta roja como pulsera. Que algo suene casi mágico es lindo; que el misterio atrape, también; y sentirse acompañado por otros es maravilloso. P2: ¿Y qué sucede cuando la cinta roja humedecida, aun por el sudor del desconsuelo, se corta; la moneda sigue en el fondo de la fuente que la revemos antes de subir otra vez al colectivo, a veces oxidada, y el milagro no ocurrió; y cuando finalizado el aguante, volatilizados sus integrantes, se regresa a casa solitario, únicamente con la decepción o la desilusión? ¿Todo terminó? P1: Creo que si uno vive solo el impacto de la soledad se potencia y asfixia. Y si alguien a uno lo espera, con algo se debe llegar... Sí, ya sé, con la decepción y la desilusión a cuestas. P2: ¿Y la cinta roja? ¿Y la moneda en la fuente? ¿Y el aguante? P1: No están. P2: ¿Y qué es lo que perdura? P1: No lo sé. P2: Entonces por ahora perdurará la búsqueda. Ya algo encontrará. Eso espero.
Los dos pasajeros bajaron en la misma esquina. Yo me perdí de algunas cosas. Vinieron a mí, trechos de la última parte del capítulo 13 del Libro de la Sabiduría, como algo del capítulo quince; recreé en mí, imágenes de la lapidación de San Esteban, como la embestida de los listranos (de Listra) contra San Pablo. Me hallé algo confundido, era inevitable..., un insignificante explorador también soy. V: ¡Che, almohadón! ¿vos no serás el aguante para mí? Ja ja ja ja ja ja ja - Es, lo que ves. Lo que hay. V: ¿Me contestó el almohadón? ¡Si el almohadón habla tendré que dejar de contar las historias que recojo a diario!
Pronóstico Virdomel: Rocío de zafiros. |