Mi nombre es Virdomel. Deposité mis rodillas sobre mi almohadón negro tornasolado y sus detalles en dorado; y una vez que hube estado a su lado, la miré con esa firmeza que puede sostener una mirada de un afecto que proviene de antaño; consideré que la necesitaba.
La acariciaba de tal modo que perfeccionaba la belleza de su rostro; era una lágrima peregrina, y tan fulgurosa como un anunciador lábaro en la mitad del páramo de su mejilla. Inclinó su cabecita para mirarme con suma ternura. Sostenía entre sus manos algo así como un apergaminado diploma de honor, pegadito a un retrato con la imagen de la Virgen de Medjugorje. Su dócil cabello se fue desplazando sobre la mejilla opuesta a mí. Sus ojos brillaban cada vez más; eran auténticas y transparentes almendras iluminadas. De sus finos labios, poseedores de la tersidad de pétalos, salió un: Vengo de su entierro. - Entiendo –respondí lacónicamente. - Fue todo muy rápido, sabés,... Yo permanecí estático por fuera, pero la joven dama advirtió el corveteo de mi esencia. - ...y gracias a Dios, en los pocos días previos a su partida, pude leerle “Mi Cristo Roto” y “Mi Cristo Roto de casa en casa”; ¿los conocés?... - Sí. - ... los escribió Ramón Cué. Yo tenía un Cristo roto en la habitación 211, y creo que era yo, porque su fortaleza espiritual superaba con holgura la magnitud del trance; y no desconocía el tránsito. Partió anoche a las 19:59. Apenas tuve tiempo para avisarles a unas pocas personas; pero ya sea por la distancia, los compromisos asumidos con anterioridad, o las urgencias que en simultáneo demandaban de sus presencias, todos se vieron imposibilitados de asistir a la despedida. - ¿Y estuviste todo el tiempo sola en el hospital esperando la inhumación? - No. No estuvimos en el hospital. Hice los trámites necesarios para que fuera a una sala de cochería. El servicio vio que yo estaba sola, así que me propuso que fuéramos en la camioneta. Adivino en tu mirada y es como lo estás pensando, fuimos todos; el conductor, su acompañante... y nosotros...; - ¡Qué triste! - ... al llegar, alrededor de las 02:15 de la madrugada, me encontré con Marta y una amiga de ella que yo no conocía, pero las persuadí para que no se quedaran toda la noche. Argüí que ya estaba por llegar el resto de la gente. Se había hecho demasiado tarde, por eso. Cuando avisaron que todo estaba listo me dirigí a la sala, Marta y su amiga lo hicieron conmigo y se quedaron un rato más. Finalmente, la ceremonia de despedida fue muy íntima. Encendí todas las luces disponibles y cerré la puerta de la sala porque sabía que nadie más vendría. Luego abrí dos grandes ventanales y llegaron un par de condolencias por mensaje de texto. Tomé una silla y la acerqué al único sitio en el que ameritaba que pernoctara. Rosario en mano fui desgranando oración tras oración. No lloré. No le hubiera gustado. No había flores. No hubiera sido de su agrado; y tampoco tenía dinero para un ramito siquiera. De a ratos le hablaba a algún rincón próximo a los ventanales por si su espíritu aún atento a mí estaba. Creo que sí. Permanecí sentada hasta que despuntara el día, y luego salí por un momento a comprar media docena de medialunas; como las que me alimentaron durante la fase final de la internación. Quizás apresuró la partida porque no me veía comer como lo hubiera deseado; ¡¿estaba en todos los detalles, sabés?!. Ayer por la mañana fui a bañarme, y con toda lucidez tomó el celular, llamó a casa y me dijo: “¡Gracias por todo!”. Yo le hice una broma. Pero se notaba que lo tenía re-claro. Cuando arribé al hospital pasé talco por su espalda, se lo había obsequiado una persona muy cara a sus sentimientos. Me invitó a que rezáramos el rosario; así lo hicimos. Al finalizar lo besó y, al ponerse de frente, el proceso de partida comenzó. Ya se había despedido de mí. Yo acompañé la tarde con Coronillas al Jesús Misericordioso, y estoy segura que Él y María estuvieron a nuestro lado. Pero ahora regreso yo sola con Ellos dos. Mañana ya no despertaré igual. No sonará el ring del amanecer en mi departamento; ni pensaremos en qué habremos de cenar. Mañana..., mañana Virdomel, mañana María Auxiliadora me dirá qué hacer y cómo continuar, ¿no te parece?. - Seguro que sí. - ¡Uy, Virdomel, qué despistada! me pasé cuatro cuadras. ¡Bah, qué importa!, si nadie me espera; bajaré en la siguiente, será bueno que camine un poco más. ¿Te puedo dar un beso?. - Por supuesto que sí. - Adiós, Virdomel. - Hasta luego... Por la gracia de Dios, la señorita dejó en mi mejilla la explicación de su no llanto; luego recordé: “...enjuga tu llanto y no llores si me amas.” (San Agustín) |