- ¿Cuál se lleva?
¡Vamos, elija! - Sólo estoy mirando. Gracias. Seguí caminando para evitar que insistiera, pero mi asombro me obligó a dar una vuelta manzana y pensar por dónde y cómo podía hacer para recalar el diálogo con relación a lo que el hombre ofrecía. Ya de vuelta, permanecí mirando la vidriera de una mercería, no sé para qué, pero debía hacer tiempo; pensándolo bien hubiera comprado unos pitucones, jajajaja. Luego pasé por la otra vereda, lo hice cuando la formación de un auténtico maremágnum ocultaba la estela de mi curiosidad. Miré de reojo y fundamentalmente afiné la dirección de mi mirada sobre lo que el señor exponía a la vista del público. Cuando hube llegado a la esquina di una vuelta por la otra manzana husmeando a una mujer muy coqueta que le daba de comer a unas palomas. No pasó mucho tiempo que decidí reanudar con el rondín que me había impuesto, mientras por mi cabeza cabalgaba el artesanal caballito de madera que el hombre regalaba según el cartelito que eso revelaba; entretanto, un tintineo peculiar taladraba mi cerebro, puesto que no llegaba a comprender por qué razón ofrecía a la venta un imponente xilófono, tan sólo a cambio de una moneda de un peso. Si bien yo nada entiendo de artesanías realizadas en madera, ¡bah, en otro material tampoco!, y muchísimo menos respecto de instrumentos musicales, a simple vista había algo que no me cerraba y debía coincidir con el pensar de los transeúntes, por cuanto ninguno se detenía a llevar el caballito de regalo, con o sin dientes, o adquirir el xilófono, aunque más no sea para tener a uno o el otro de adorno; o revenderlos a mejor precio. En lo personal no estaba en mis planes ninguno de los dos propósitos, pero sí me urgía la necesidad de saber los motivos de esas llamativas ofertas. Es probable que la dádiva haya llevado a algunos a especular que el oferente urdía otros fines con ella, lo que equivaldría a desconfiar por cualquier motivo. El hombre no incomodaba a los que por allí pasaban, pero si alguien se detenía como yo lo hice, no dejaba de transparentar cierta ansiedad por quitarse esos objetos de encima. Estaba bien arreglado, olía bien, y tenía buenos modales; el hombre por supuesto; y en lo que hace al caballito de madera y al xilófono, gozaban de la más exquisita escenografía en el mejor de los escaparates. Yo me quedé echado, olisqueando como un cachorro desde la esquina más próxima al sujeto, y comprobé que muy poca gente se detenía a ver las piezas, obedeciendo sin distinción a la leyenda: “no tocar si no lo va a llevar”, que por el tamaño de las letras era todo un mandamiento en medio de ambos. Finalmente me decidí y me senté al lado del hombre sin siquiera acudir a resollar o toser. No; permanecí quietito y callado. - Nadie se los quiere llevar.
- ¡Y son objetos tan lindos! - La gente es muy desconfiada y no se toma el tiempo ni de preguntar. - Convengamos que no es usual ver un xilófono en la calle, muy bien cuidado y con una impecable gamuza cubriendo sus listones, y al precio de un peso…, - Es cierto. - … y lo mismo pasa con ese prodigio de artesanía; tan bien tallada, lustrada y conservada en ese fanal, y encima de regalo ¿porque es un regalo, no? - Sí. - Perdone, ¿pero por qué no los ha donado antes de ofrecerlos en la vía pública bajo esas propuestas no convencionales? - Porque no puedo. - ¡Ah, ya entiendo, no son suyas! Le han encomendado el trámite. - No. Mientras están aquí son de mi propiedad, cuando alguien me diga que quiere el caballito yo se lo doy. Pero lo que no regalo es el xilófono ¡¡¡Está en venta!!! - ¡Aaaahhhh, claro! Así, sí. - Así, sí ¿qué? - Que entiendo lo que entiendo. - ¿Y qué entiende? - ¡Nada! Perdóneme. - No se preocupe, yo sí lo entiendo a usted. - ¿Ah, sí? - Sí, perfectamente. Y como veo que nada puedo esperar de usted como cliente, pero es curioso, satisfaré su curiosidad… - Entonces sí me entendió. - …Piense, pero no me lo diga, qué le produciría tener un caballito de madera entre sus manos. Recorra parajes de su niñez, sus sueños de adolescente, trote lentamente por las rutas de algún viaje que haya realizado, que planee o que le gustaría realizar; imagine y marque un itinerario; siéntase cabalgando entre pinares, atravesando puentes o cruzando a través de un desierto; piense en lo que quiera… El hombre se tomó unos minutos para que yo recreara mis paisajes y por qué no con una china a la grupa ¿no? Al fin y al cabo era mi recreación; y que no ardiera Troya. - ¿No sintió libertad? - Sí. - Sé que no se va a llevar el caballito de madera; y desde hace unos días que estoy ofreciendo estas piezas, y nadie se le animó al caballito libre de precio alguno. Y ya sé que no es usual que alguien ande regalando artesanías porque sí, tan bien talladas y lustradas en la vía pública. Pero tampoco es usual que no se le atreva a lo que es dado con total desinterés. Porque desconfiamos. Tarde o temprano algún costo tendrá. Digamos en parte que sí, porque aquel que se atreva y lleve el caballito de madera tendrá que cuidarlo; y si así no lo hiciere, el caballito no transmitirá esa tersura, docilidad, sensación de libertad, de paz, de relajamiento, de dejarse llevar, de transitar por nuevos senderos, de armonizar con la naturaleza. Salvo que cayera en manos de un niño, en donde allí el cuidado no sería imprescindible, pues él se ocuparía de presentarle aires inimaginables cada vez que entrara en contacto con el caballito de madera. Me atrevo a pensar que el caballito, a priori, gozaría con la certeza de recorrer paisajes impensados y con absoluta libertad. Porque cuando al niño le viniera en ganas sacarlo de un paisaje, sin duda alguna lo trasladará a otro tan agradable como el anterior. Y disfrutará de la libertad. Está del bocho como yo, éste -pensé. - Sabe que de esa forma me vende el caballito de madera. - ¡No está en venta, señor, es un regalo! - ¡Ah, sí, sí. Igual es una forma de decir, porque no tengo previsto llevarlo! - Ya lo sé. Lo que debe llamar más la atención es que en simultáneo vendo un instrumento a un peso. - Y sí, da para pensar. - ¡Amo éste instrumento! - ¿Y por qué se deshace de él Porque mientras lo ejecutaba vi desprenderse una nota languidecida y húmeda…, |