“… Claudel dice bellamente: «…dentro del avaro más egoísta, en el interior de la peor mujerzuela y del más indecente borrachín, hay un alma inmortal santamente ocupada en respirar y que, ya que no puede de día, por lo menos de noche practica su adoración nocturna…»
En cada ser hay una zona, un jardín de inocencia y de integridad en el que Dios habla, y donde uno no tiene más remedio que responder.” (P. Louis Evely, 1962) La inscripción I.H.S (1) impresa sobre el dintel de la puerta de la casa hizo que disminuyera el paso y, con esa sucesión de ochos horizontales, por tal causa dejé caer mi almohadón junto al hombre que se hallaba frente a la puerta. Su aire distendido en la silla de paja bajo la cual humeaba un espiral era una invitación. Tenía una ballenera muy blanca, un pantalón pijama de color celeste ceñido a la cintura por un lazo de algodón, y calzaba sandalias color marrón. Cual de una acuarela nueva, con aflautada voz y de cara al silencioso bulevar, tras breve diálogo, comenzó a dimanar desde su interior la siguiente historia: - ¿Me dijo su nombre? - Virdomel - Vea, Virdomel, yo he sido siempre muy crítico conmigo, que creo no está mal, pero a veces a uno se le va tanto la mano que termina por ser tan impiadoso con uno, que si bien avanza, no logra hacerlo con la soltura, dinámica y fluidez que debiera o quisiera… - Entiendo. - … así fue que un buen día, porque tuvo que haber sido muy bueno, agobiado por mis pesares y constantes amonestaciones; vagando entre los túneles con las formas de mis miserias y enfermedades; proviniendo del estricto seno de una familia con sólidas raíces cristianas, decidí, bajo los cuatro climas de aquel día, salir a caminar solo, ¿me sigue?..., - Sí, atentamente. - …No encontraba respuestas para calmar mi tristeza, ni apaciguar los gemidos de mis enfermedades; los miedos me ahogaban; había recuerdos que me atormentaban; culpas que me atosigaban; llegué a sentir por mi frente el lastre del asfalto caliente impregnado en las suelas de mis zapatos; sin considerar las incontables veces que debí salir a dar explicaciones por cuestiones absolutamente impropias, pero que terminan pesando. Y mi respiración no iba en zaga, se lo aseguro, lo hacía de la mano con mis desconsuelos e impotencias; su inestabilidad era insoportable, ¡muchas veces deseé fumar!, ¿vio como el cigarrillo da la impresión de aplacar?... - Eso dicen. - … simplemente es porque al respirar profundo, el diafragma va adquiriendo cierto sosiego que, por el efecto de un movimiento regulado, termina por proyectar al resto del organismo una sensación placentera que pareciera relajarlo… - Entiendo. - … Le sigo contando, yo estaba como estacado en mis dolores; perdoné a los demás pero no lo hacía conmigo, eso me limitaba, me dejaba inmóvil. Me angustiaba por lo pendiente, y no saber completar, como había planeado, lo que estaba encaminado, confiando mi alma su transporte por el declive del deslustre. Mantenía un estructurado y externo vigor para la rutina cumpliendo con el dictado de clases y esos otros compromisos hacia el mundo; pero se mantenía latente un vacío que yo percibía, y se iba agigantando por no sacar a la luz una gran parte de mi ser. Eso que en el fondo me hacía sentir pleno; ¿temores?, puede ser. ¡En realidad desconocía el cómo hacerlo, Virdomel! Ni tampoco sirvió avecindarse en otro pueblo en busca de paz, porque también lo intenté durante tres años. Mii espíritu sufría, gritaba y me aturdía en medio de la urbe sin que nadie se diera cuenta. ¡Era un autómata, Virdomel! El temporal dueño de una sonrisa endeble perviviendo en esa alma que, aunque fatigada, deseaba transmitir la alegría de la esperanza, con la seguridad que venía de otro tiempo, de otro lugar, de otro cielo… Y con la búsqueda.
… Después de tanto caminar, aquél día llegué a la capillita fundada a fines del siglo XIX en cuyo atrio jugaba a la pelota cuando era niño. Iniciada la misa de la hora 11:00, antes de entrar me quedé un ratito en ese atrio en donde yo hacía paredes y goles con mis amigos de la niñez. Y buscando hacer paredes con aquél niño que de a ratos se hacía presente, jugando a las escondidas por entre los olivos que se mostraban grandullones como en mi entonces, no cejaba el sinvergüenza en desfruncir ante mí las bellas ambiciones y pretensiones de aquellos tiempos…, vigentes hoy. Momento en el que elevé mi mirada al cielo entre los ramosos árboles y le dije a Jesús en el silencio: ¡Extiende tus brazos y álzame porque estoy cansado; dejá que tu Preciosa Sangre lave mis faltas; decile a María que enjugue mi rostro. Por favor, Señor, haceme un hombre nuevo y enseñame cómo sacudirme el polvo, cómo volver a empezar. Soy incapaz de hacerlo por mi cuenta! Por más bullicioso que pretendiera ser el canto de la fuente de ingreso, nada impidió que me distrajera una señora que se asomó en la puerta de la capilla; se acercó y me dio de casualidad una síntesis de la vida de Santa Maravillas de Jesús; aproveché de lo que rezaba la santa y parafraseé en voz baja “Lo que Dios quiera…, Como Dios quiera…, Cuando Dios quiera…” Entonces le dije: Siento que mis confesiones fueron escuchadas; hoy puedo ver la obra de tu mano removiendo mis escindidas estructuras durante las comuniones, y renovándome… ¿Acaso te había dado poco tiempo y no supe esperar?, ¿Esperabas que de mi corazón aflorara con genuino fervor: “Providencia Divina del Corazón de Jesús, ocúpate de mí” (2)?, ¿No supe ponerme en tus manos, como era tu santa voluntad? Y con la señal. Me di cuenta que venía dilatando mi entrega…, como Él deseaba. Que tenía fe…, a medias. Y grave falta es continuar haciendo cosas si en el centro mismo de nuestras vidas Él falta. Que amaba ardorosamente, pero no percatado que por sobre todo debía amarlo a Él; implicando que mi alma se estacionara en un plano intermedio, no habiéndome abandonado a sus tiempos. Que perdonaba, pero conociendo y considerándolo a Él, a medias, jamás iba a lograr por mí mismo liberarme de muchas cosas. Que supe enfrentar la vida con los recursos de la vida, pero no había considerado los sobrenaturales que de Él proceden, y únicamente con Él todo lo podía. Que asimilaba la idea de la esperanza, pero no había depositado la esperanza en y desde Él. Y el clic. Al salir de la celebración mi tristeza fue pasando, Virdomel. Los miedos y la desesperación, con la constante oración vencí, Virdomel. Los padecimientos espirituales y materiales, con Él, aprendí a soportarlos, Virdomel. Él había entendido mis urgencias, Virdomel, pero yo no lo había escuchado, no le había dado tiempo. Él me conocía desde antes de nacer, Virdomel. Él sabía cómo iba a responder ante cada prueba, Virdomel. Él me había resucitado, pero yo no había salido del cajón, Virdomel. … ¿Está refrescando, cierto? - Sí. - ¿Quiere que mañana charlemos de algo que me enseñó una aprendiz de catequista que para mí es importante compartir? - ¿Tomamos unos mates, Ismael? -una dama con edad de mujer lo llamó. - Es mi mujer, mi alumna y mi maestra, con ella comparto esos maravillosos tiempos que Él nos da. - Nos estaremos viendo, entonces. Yo me fui pensando en los periplos de San Pablo, unas reflexiones de San Agustín y el eco de San Ambrosio. “¡…desapareció al cantar el gallo! Dicen que cada vez que se aproxima el tiempo en que se celebra el nacimiento de nuestro Salvador, el ave del alba pasa cantando la noche entera, y entonces, según aseguran, ningún espíritu se atreve a salir de su morada. Las noches son saludables. Ningún planeta ejerce entonces maleficio, ni hada ni hechicera tiene poder para encantar. ¡Tan Sagrado y Lleno de Gracia es aquel tiempo! ...” (Shakespeare, Hamlet, Prince of Denmark) Con independencia de la lluvia de esa mañana regresé a lo de Ismael; demostró gran interés por contarme algo que para él parecía ser importante, y, a fuerza de ser sincero, su gesto paternal, su parsimonia y la blandura del rostro me transmitían tanta paz, equilibrio y armonía, que tras lo prologado, habría seguramente algo meduloso por compartir..., y, donde yo mi sed saciar. Chispeando aún, al llegar me hizo pasar de inmediato al living; un recinto muy amplio, con buen aroma, cálido y sin adornos. Ni bien tomamos asiento, también sin adornos, extrajo de una carpetita una hoja en blanco y un lápiz de su bolsillo; realizó el trazado de un triángulo equilátero dibujando en su interior una circunferencia haciendo que su borde tocara cada uno de los lados del primero; luego me preguntó si creía en Dios, a lo que respondí con la cabeza de modo afirmativo, y la visita continuó así: Mi estimado Virdomel, ¿alguna vez pensó por qué razón Nuestro Señor Jesucristo, al preguntársele qué hacer para heredar la Vida Eterna, Él repregunta y pareciera reducir los mandamientos, o no considerar los otros, y quedarse solamente con dos: “el amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, con todas nuestras fuerzas y con todo nuestro espíritu, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos”? - No En el vértice superior del triángulo, escribió: Amar a Dios por sobre todas las cosas; bajo la base de aquél: Amar al prójimo como a uno mismo, y dijo: Si realmente fuéramos conscientes en forma permanente de estos dos mandamientos, no sólo accederíamos a vivir en plenitud la Misericordia de Dios, sino que veríamos cómo resulta imposible incumplir con los otros que están en el medio, obrando en esa oquedad de sacapuntas dispuestos a desbastar las asperezas e impurezas; aquellos que, al mismo tiempo, se mueven irrenunciablemente en un proceso de fricción de perfecciones en un espiral de arriba abajo y de abajo arriba. - Creo entender. … - Nos enamoramos antes de votar, ¿me sigue?... - Sí, atentamente. - …nos casamos, tenemos tres hijos, uno en camino, y consagramos nuestra vida al servicio de Dios, en la férrea oración y en la asistencia directa a los menesterosos. Ambos sentíamos la necesidad de expandir nuestra capacidad de amar; y dejando a merced del orden de Dios nuestras vidas, es como nos fue dando y continúa proveyendo las cosas elementales para afianzar, fortalecer y revitalizar el vínculo de la pareja y la armonía en la familia. En definitiva, Virdomel, únicamente el amor, en toda su extensión y comprensión, es lo que hace inquebrantables a los hombres, y como Dios es amor... - ¡Ismael, hacé lugar para que tiremos unos almohadones y podamos todos juntos comer algo con tu amigo! … Pasé una tarde formidable en un hogar maravilloso. Cuando me fui me acordé del organillero (P. XIII); del código de barras y la fecha de vencimiento (P. XXVI); de la cuenta imperfecta (P. XXVII) y por sobre todo del diálogo de Jesús con Nicodemo. (1) Iesus, Hominum Salvator (Jesús, Salvador de los hombres).
(2) Sor Gabriela Borgarino (Boves-Italia, 1880-1949) En una revelación privada Jesús le dijo: “El 17 de septiembre de 1936, te hice ver en mi mano el precioso papelito, con la invocación “Providencia Divina del Corazón de Jesús, ocúpate de esto” ¡Te encargué que la difundas por todas partes. Rezando esta preciosa invocación con amorosa confianza y con respeto, lleno de amor hacia mi Santísimo Nombre, se obtienen numerosas gracias. Pon atención: Allí donde se introduzca la preciosa invocación, poco a poco cambia los corazones y los pensamientos. Deseo que sea aprobada y apreciada por el gran valor de mi Santísimo Nombre.” |