Mientras el sol todavía hacía fiaca, yo ya me había afeitado, bañado y tomado unos mates con miel.
Había acordado pasar el día con una amiga que vive en una de las islas del Tigre (1), para lo cual no sólo tuve que hacer el esfuerzo de ponerme un poco de perfume, sino que además debí tomar el subte, el ferrocarril y hasta utilizar el servicio de lanchas que conecta a la población residente en el delta y sale desde la escollera principal; pero valió la pena. Durante el tramo final de la ida, que importa ese viaje en grandes lanchas, la mayor parte lo hice asomado por una de las ventanas, disfrutando cada vez que nos cruzábamos con otra y ambas hacían oír sus bocinas en señal de ¡buenos días! Cuando la nave vecina pasaba muy cerca de nosotros levantaba tal oleaje que nos hacía tambalear, al tiempo que un poco de agua salpicaba el rostro curioso y aún adormecido de los pasajeros. Al cruce nos salían ríos, canales, recreos y cada tanto había enormes letreros indicadores de “precaución, alta tensión”. Maryenella me aguardaba en el muelle, una suerte de inveterada lengua de maderas enflaquecidas que hunde sus papilas en el cauce del Río Capitán. Bellísimamente ataviada y con postura de sirena, mi amiga hacía navegar por el río una mirada indefinible que, de modo irresistible, trajo de inmediato a mi mente la figura de esas damas que suelen ser retratadas en postales antiguas, y sin nada que envidiarle a éstas, tenía también mi Maryenella un prodigioso marco repleto de floridos canteros, circundado por una estridente e inasible tiara con trinos. Nos estrechamos con un fuerte abrazo, y luego nos tomamos de las manos para mirarnos de arriba abajo, porque hacía tiempo que no nos encontrábamos para pasar el día juntos y conversar. Apoyé la mochila y el almohadón negro tornasolado y ambos nos dejamos caer sobre el césped que antecede a la casa y, entre charla y charla, nos entretuvimos haciendo tirabuzones con los mechones más largos del pasto despertando espontaneidades de nuestra compartida niñez; o sacudiendo la melena de éste, terminábamos por airear algunos fotogramas de la adolescencia. Había dispuesto sobre la mesa del jardín una canasta de mimbre con alimentos; no obstante, optamos por desplegar el mantel en el piso e ir sacando de aquella lo que nos placía; o íbamos metiendo la mano y tomando lo que el azar nos dispensaba. Más de una vez se encontraron nuestras manos bajo las tapas de la canasta y rompíamos en risas apresurándonos por retener el bocado devenido en deseado. Nos sentíamos como dos criaturas. Al paso de las embarcaciones, y cualquiera fuera el porte de estas, las olitas chocaban contra el borde del terreno, dejando que un suave burbujeo, articulando un sonido débil, se acunara en la superficie del agua hasta evanescerse. Sobre el lado derecho de la casa bajaba un canal muy profundo, y su caudal, que de a ratos cambiaba, me sobresaltaba por su rugido furioso; eso ocurrió hasta que me fui ambientando y determinados sonidos fueron asociándose con mis sentidos. El cambio de ambiente me fue relajando hasta que me quedé dormido en el jardín. Maryenella le restó importancia, así que acomodó mi mochila en el interior de la vivienda. Me despertó más tarde con un pocillo de café con crema, uno de mis manjares predilectos, cuyos colores sobresalían de una bandeja muy paqueta apenas cubierta por un rombo de lino finamente bordado. Aquél sol de la fiaca matutina ya había cumplido con su labor del día, así que luego de remojar sus rayitos en el río, los fue recogiendo como el pantaloncito de un pescador, y el frescor de la última hora fue envolviendo a esa capitana de un velero de novela… y a mí. Me llamaron la atención las hermosas voces que entonaban cánticos y provenían de la casa lindera. Le pregunté a Maryenella de qué se trataba, y con el típico gesto de esos cuadros de enfermeras en los hospitales, exhortando a hacer silencio, me hizo acercar al paredón que nos separaba. Una luz tenue salía por entre las ventanas de la casa como así las variaciones de las melodías.
Maryenella fue por unos binoculares y los compartimos. Sólo podían verse unas figuras desdibujadas por los grandes cortinados pero con mucho movimiento. Sobre uno de los lados se paraban y sentaban alternadamente llevando la imaginación al campo de un juego de mesa; en menos cantidad, las ubicadas del otro lado amagaban trasponer una línea divisoria hacia el sector en donde más gente había. Le pregunté a Maryenella de qué se trataba y me contó: Es una casa de retiro espiritual que pertenece a los curas de la zona, y una o dos veces al mes la utilizan exclusivamente para matrimonios, o novios por contraer enlace en los siguientes días. Tienen charlas, una misa los sábados y los domingos por la mañana, y realizan reflexiones sobre la Biblia en pareja; luego, todos se reúnen, novios o matrimonios, junto al tronco que parece beber del río, allí comparten sus análisis, cuentan vivencias y proyectos, o proponen debates. Suelen arribar los viernes a última hora en una lancha que alquila la iglesia. Por lo que me han contado es una convivencia maravillosa. La primera noche, mientras van distribuyendo las ubicaciones, los colaboradores ya les tienen preparada la cena, la cual consiste generalmente en una cazuela, pre pizzas y de postre ensalada de frutas. Para el desayuno disponen de infusiones varias, jugos, lácteos, tostadas, galletitas, mermeladas, manteca y miel. Al almuerzo se lo presentan con alguna entrada, como huevos rellenos, tabla de quesos, fiambres, etc.; después, pastas variadas y gelatina con frutas. Como por las noches refresca, les sirven sopa crema; ¡Muy rica me han dicho!..., - ¿A vos? ¡Seguro! -interrumpí. - ¡No bobo! -y ruborizada siguió- …milanesas a la napolitana y postre de chocolate con vainillas. No faltan verduras, pollo al horno con papas bien doradas; sin contar los variados refrigerios que hay durante el día para matizar. Todo eso es preparado por los servidores, quienes también se ocupan de ordenar los dormitorios y las distintas áreas, procediendo a la diaria renovación de los arreglos florales, como también innovar la disposición de los alimentos en los distintos mobiliarios, entre otras tantas tareas. Tuve la oportunidad de hablar con una de las señoras que colabora, quien me contó ser muy conmovedor el momento en que los novios llegan y encuentran la capilla íntegramente iluminada por cirios. Pero dijo que el desconcierto mayor se produce al enterarse que no son religiosas quienes se ocupan de los menesteres, sino matrimonios que han pasado por la experiencia de ese retiro, ya sea cuando novios o casados. Toda la comunicación con los servidores se realiza por medio de notas que se dejan en los dormitorios, o a través de un torno ubicado antes de entrar al templo, si es que alguien necesita algo en particular. Si bien es agotadora la función de los colaboradores, ¡es tanto el amor que le ponen a la tarea y mucho más lo que reciben de quienes asisten!, porque de alguna forma terminan tomando contacto, ¡y por cómo se estrechan los vínculos entre los voluntarios!, que cada vez que les dicen ¡el día tal hay un encuentro!, no dudan en alistarse, para dejar en bandejas de plata lo mejor que bulle del interior de cada uno. - ¡Está bueno, Maryenella. Me gustó! - ¿Viste, Virdomel? Por donde vayas encontrarás a alguien dispuesto a dar un poquito de amor. - ¡Eso veo! (1) Provincia de Buenos Aires |