Cuando se hizo presente el beso de la ausencia, me di cuenta que la presencia, inadvertida y no valorada, estaba ausente; ¿qué sucede cuando una enfermedad se instala diciendo vine para quedarme y ya no me iré?. Espectadora imbecilidad, ligeramente, dice, cuando no receta por teléfono: habrá que poner el pecho; como si se tratara de una inexpugnable coraza de metal, un pretil donde se apoyan las sensaciones y emociones, el mostrador en el living de casa en donde se reciben consejos y sugerencias y un libro de quejas ya se abrió, y sin prenumerar a simple vista; la sujeción de un pretal para el acarreo quién sabe hacia dónde y por quién; y es en el silencio, con la ruidosa soledad, cuando en ese pecho se hiende un puño quirúrgico buscando aquellas raíces que pechen una respuesta, no para poner el pecho como un percherón, sino ponerle sabiduría a un hombro ubicuo e invisible que ayude a soportar el peso del beso de la ausencia. Te aseguro, Virdomel, que si no hubiera sido por el Cristo de mi cruz, mi fe y el amor de mi familia, muy probablemente, abatido, me habría comido el abismo y no estaría hoy charlando contigo. |