Mi nombre es Virdomel. Con mi almohadón negro tornasolado y sus detalles en dorado subí al colectivo, y fui retratando a cada componente de ese continente en constante reposición de antologías, y de pronto oí: ¡vení, vení; acercate que te cuento! Miré para todos lados, y terminé por arrodillarme junto a una bellísima joven de ojos muy claros, delicada piel y dócil cabellera. Pasajera: ¡Me siento tan feliz! Virdomel: ¡Qué lindo!, contame por qué. P: Sí, acomodate. Desde hace unos meses los sábados voy a taller; y viajo en tren. Me cruzo con varios artistas en los pasillos, andenes y dentro mismo de los coches. Y el pasado sábado, en uno de los corredores, se paró con decisión ante mí uno de ellos tendiéndome un bastidor en el cual estaba yo retratada. Con gestos desde su corazón me declaró su amor. Es sordomudo, yo no lo sabía. Pero sí solía apreciar sus obras y en los trazos descubría su sensibilidad. Pensé cuánto tiempo le habría tomado captar y trasladar al bastidor cada uno de mis rasgos, considerando los tiempos de mis pasos y detenciones por allí. V: ¿Y qué le respondiste? P: ¡Esperá!, y digamos que a él también le di a entender que aguardara mi respuesta, ¡me tomó de sorpresa!; y mientras los sábados siguientes me detenía a estar un rato con él, luego de veintinueve días me acerqué a él con la decisión que él lo había hecho antes ante mí, y habiendo aprendido en ese tiempo lo necesario para ir unificando nuestro lenguaje, mediante señas y sonidos, acepté su proposición de irnos conociendo un poco más. V: ¿Y? P: El sábado pasado me acompañó hasta casa. Nos despedimos en la puerta del edificio. Tiene cuatro escalones. Tímidamente besó mi mejilla, y mediante señas me dijo que esperara, cual parodiando un mimo junto al carrusel de un parque; yo mantuve la puerta entreabierta, y observé embelesada cómo dejaba besos en cada uno de los escalones que parecían recuperar la curvatura de sus bordes. Desde la vereda me explicó, que cada vez que saliera del edificio, sus besos me acompañarían a cada lugar, y que en cada lugar sería consciente de la presencia de él, y que desde cada lugar mis pensamientos se dirigirían hacia él por siempre. Porque él en cada una de sus obras agrega alguna sonrisa que lo transporta hasta mí como palomas mensajeras, y que si logra vender una de sus obras a algún pasajero, sabe que desde algún lugar le sigo sonriendo yo, así va sembrando mis sonrisas que se inclinan hacia él; y aquellas obras que vuelven a su atelier, regresarán con sonrisas pendientes, serán esas las que vigilarán sus sueños y atenderán sus despertares. Sentí desmayarme de amor, pero no me lo permití, porque los besos que él imprimió en cada escalón, de algún modo sostenían erguido mi corazón. Arrobada dejé cerrar la puerta caminando hacia atrás; pero no soporté, y de inmediato abrí la puerta y lo abracé permitiéndole que me bese a mí. ¡Y somos novios! V: ¡Un romántico el caballero! P: No lo sé. Sé que es mi amor, y con ello me basta. ¡Espero haberte contagiado un poquito de mi felicidad! Dicen que hace bien. Ya me tengo que bajar. Nos estamos viendo ¿sí? V: Así lo será si Dios quiere. |