Mi nombre es Virdomel. Me sentí atraído por la postura del hombre. Su sien estaba apoyada sobre sus nudillos, y su brazo y cabeza volcando su peso en el marco de la ventanilla; asomaba de sus labios una sonrisa que delineaba una antigua geografía; ya fuera por la abstracción de su mirada, el alejamiento de ésta desde su lugar, el notorio desinterés por la vibración del vidrio, o su ausencia respecto de lo que acontecía en el interior del transporte público. Me acerqué, deposité el almohadón negro tornasolado con sus detalles en dorado, y me senté perpendicular a él apoyando mi espalda en el respaldo del asiento anterior como acompañando su vagar. ¿Sabe en qué pienso? –irrumpió el hombre. Me acomodé para escucharlo atentamente y su descripción me resultó cautivadora:
Pienso en que me da bronca no saber el nombre de un hombre que conocí allá por el año 1994 en Puerto Madryn (Chubut – Argentina). Yo era chico y vendía diarios; me los daba un quiosquero que tenía la parada sobre la Av. Julio A. Roca, y lo hacía para que yo llevara unos pesos a mi casa sabiendo que éramos muy pobres. Mi padre trabajaba de albañil, mi madre se ocupaba del cuidado de la casa y de atender a mis hermanos menores; uno de mis hermanos había delinquido y se fue. No lo he vuelto a ver desde entonces. Yo salía descalzo a vender diarios por la costanera; a los residentes costaba un poco ubicarles un ejemplar, igual se vendían; pero se complicaba con determinados turistas, aunque algunos solían comprar uno y lo era para llevar de recuerdo. Metiéndome entre las mesas de los bares, que distribuidas en la vereda daban hacia playa, ofrecía los diarios a los que desayunaban con jugos, tostadas, medialunas, manteca y mermeladas, y no faltaban esos tazones con café con leche o solo, y por qué no un submarino, ja ja ja, frente al límpido mar, ¡qué ironía!; también había gente rara, como aquel tipo cuyo nombre no lo sé y marcó una parte de mi vida. Pasando entre las mesas le ofrecí un diario, él estaba con una chica, y mirándome a los ojos me dijo que no, entonces me animé a pedirle una factura, la chica agarró el plato y me dejaron elegir, les pregunté si podía llevarme una más, que era para mi hermanito que seguía caminando sobre la costanera, y no me la negaron. Le chiflé a mi hermanito para darle la factura y seguí caminando con los diarios. De repente siento a alguien gritar, y al voltear veo venir hacia mí al tipo de las facturas, ya habría caminado yo unos cien metros por lo menos. Infinidad de cosas pasaron por mi cabeza de chico, todas feas ¡eh!, yo no las había robado se lo aseguro, me temblaron las piernas, y al recordar y contarlo me tiemblan ahora también...
El tipo ese llegaba agitado, mi hermanito me preguntó despacio ¿qué le hiciste, che?, yo me encogí de hombros, tanto como para responderle a mi hermanito como para disponerme a amortiguar un cachetazo sin haber hecho algo malo, no entendía nada; y era un chico. El hombre se detuvo delante de mí, volvió a mirarme a los ojos mientras recuperaba el aliento; parecía no estar en forma, como si su vida transcurriera sólo plantando potus sobre la mesada de una cocina, y no precisamente para salir luego a vender, ja ja ja. Me dijo que quería comprarme un diario. Respiré profundamente y entendía menos todavía; mi hermanito alcanzó a hacer pasar por su garganta el último trocito de medialuna, mis manos temblaban y no me salía preguntarle cuál quería; el hombre se dio cuenta y me despeinó suavemente diciéndome que le diera el periódico más importante del lugar, y que si era posible que tuviera buenas noticias, busqué entre los que me quedaban y se lo entregué ya más confiado. Mi hermano había encarado para la zona de las cuevas. El tipo abrió la billetera y con delicadeza me entregó un billete sin quitarme la mirada de encima; cuando fui a tomar el dinero lo apoyó diciéndome: ¡Perdoname si te asusté! y después agregó: Hoy vendés diarios, mañana quizá realices otro trabajo, pero sea cual fuere ¡hazlo siempre como si fuera el primer día, y no dudes en ponerle mucho amor al trabajo que hagas, juega y comprométete con él; y ten bien presente, que no todo pase por el dinero! Me grabó a fuego esa expresión; tanto lo fue que hoy tengo un puesto de diarios en la zona sur de la ciudad y ahora voy a reemplazar a mi socio. Con el tiempo fui corrigiendo la forma de ofrecer los diarios. Ya no lo hacía como una obligación, con desgano, ni como si fuera algo menor el vender diarios por la calle. Además pensaba en las manos de mi vieja lavando la ropa con agua fría en pleno invierno, y en los hombros del viejo cargando bolsas de cal o de cemento. Ahora están en casa, viven con nosotros. ¡Lástima que no supe el nombre de aquel hombre, aunque siempre lo tengo presente!
V: ¿Entonces? ¿Acaso importa el nombre de aquel tipo? P: Sabe que tiene razón. Seguiré atesorando lo que me dijo ese tipo aquella mañana de abril de 1994; que la recuerdo naturalmente calurosa, y prodigiosamente cálida a la vez. Me bajo en la próxima, ¿usted?. V: Por ahora no, porque si bajo creo que algo me perderé. ¡Que tenga buenas ventas, y gracias por lo que me contó! (pensando: enseñó). |