SAVIADURÍA©

Libro

 

Editorial Dunken

El Baltasar

Se hallaban sentados y repartidos entre los últimos asientos. Venían de una cena. A uno de ellos le faltaba un zapato. Otro, que parecía haber hurtado un salero, pues una brillosa tapa sobresalía del bolsillo de su chaqueta, descendió con apuro del colectivo y sin despedirse; parecía estar en copas.

Al poco de irse llenando el vehículo, del que faltaba un zapato comenzó a manar sangre por la nariz. No se dio cuenta. Quien portaba lentes almendrados y presumiblemente era el más joven de todos, enseguida le extendió un pañuelo para que se limpiase. Los otros continuaban conversando.

El de lentes almendrados tiró su cuerpo hacia atrás y cerró los ojos. Yo estaba sentado sobre mi almohadón con las piernas encogidas porque había bastante gente: ¡Baltasar, mucho gusto!

- Encantado; Virdomel es mi nombre.

B: Yo sólo tengo el nombre de rey.

V: Desconozco si alguien ha estrenado antes el que llevo yo.

B: Nosotros venimos de celebrar un reencuentro –dijo manteniendo los ojos cerrados. Hace años, tengo 44, formamos parte de un grupo de dieciséis jóvenes que viajamos a una escuela hogar en la cordillera. Una experiencia formidable que, por aquel entonces, es probable que haya marcado un poco el destino de algunos de nosotros; o bien haya contribuido para afianzar convicciones, apetencias, búsquedas...

V: ¿Búsquedas, dijo? –ello obligó a que Baltasar mirara por el rabillo del ojo.

B: Sí ¿Por qué?

V: No; está bien, siga.

B: ...búsquedas, proyecciones...; teniendo en cuenta la mirada desde aquel recóndito lugar, ¡propia o ajena, eh! ¿Conoce la montaña?

V: No he tenido el placer ¡Sígame contando por favor!

B: ¡Es maravillosa la montaña!, y limpita. Se higieniza todos los días.

V: ¿Y cómo?

B: Con las lluvias. El torrente de algún deshielo, a través de las vertientes, ocúpase de las axilas de la montaña; y las fuertes ráfagas de viento quitan alguna mugre, y se entremete en aquellas grutas naturales o trabajadas por el hombre. Se asoma por algunas dando bocanadas de calor, y por otras salen gélidos estornudos.

No es fácil vivir en la montaña. Yo no podría; mi cuerpo no lo resistiría, ¡pero qué bella es!

De noche, uno llega a sentirse muy cerca de las estrellas, es como si una cúpula descendiera con ellas engastadas en su interior y se apoderara del alma del espectador; y tanto el día como la noche juegan a desorientar.

Bellísimo es apreciar nuestra pequeñez y hasta nuestra insensibilidad comparada con la de la montaña.

V: ¿La montaña es sensible?

B: Sí. En lo alto reside la mayor sensibilidad...

V: Perdone que lo interrumpa, imaginé en la altura tallando un ella y yo en el sol. Continúe por favor.

B: ... ¿vio? sin conocer la montaña, la sola alusión de la cumbre conduce a la inspiración.

¡Ella también se inspira, eh! Y descubre ante sus admiradores formatos multiformes que estos van descubriendo con el paso del tiempo; entonces les asignan nombres.

Llegué a visitar un lugar en el que una cadena remite a una formación a la que el hombre llamó “Cinco Hermanos” (1); y aguzando la visión, sí, efectivamente, le cabe la designación.

Latidos imperceptibles residen en el corazón de la montaña, mas cuando advierte alteraciones, ese corazón admite taquicardias, y los latidos se exponen de algún modo; quizás una piedra ruede a ciegas, pero el caminante se percatará del mensaje..., triste sería que no.

 

En ese momento saludó y descendió uno de los integrantes del grupo, hombre bien parecido y con aspecto de funcionario público.

 

V: Perdón, pero imagino que entre los picos hay mucho viento ¿no?

B: Permítame corregirlo, no lo tome a mal. No es que haya mucho viento; sino que este se aprovecha de esos cordones de tierra que le ofrecen laberintos con múltiples combinaciones; entonces, se desplaza por entre los corredores y cuando le viene en ganas se lanza con desparpajo, como por un tobogán, hacia los valles, zamarreando la ropa tendida en los caseríos; inclinando la cerviz de la siembra en la pradera o remolinando el polvo en la mitad de la estepa...

 

Seguidamente fue el turno de otros amigos de Baltasar, entre ellos, uno de cabeza cuadrada y voluminosa, rostro de querubín y portando unos elementos propios de un cartógrafo; todos fueron muy corteses en el saludo de despedida en el que incluyeron a Virdomel como de la partida.

Al que le faltaba un zapato se le sentó al lado una llamativa dama toda vestida de celeste; mientras que un hombre que viajaba de pie, oteaba al primero con desconfianza y dejábale caer una mirada intimidatoria.

 

V: ¿Ha podido ver nubes de cerca, Baltasar?

B: Si fuera genuino rey hasta las hubiera tocado. Pero ni lo he intentado siquiera sabiendo mi condición; debido a que precisamente en el seno de ellas, moran y se cobijan las plegarias que el hombre eleva y en las que expone a los ojos de Dios su dolor; deposita sus esperanzas y reverbera la exclamación de su adoración.

Pero sí, efectivamente. Las he visto desplazarse, calmas y silenciosas, o quedarse quietas dejándose atravesar por los oblicuos rayos del sol.

Sacudiéndose y rociando porciones de montaña, a la silvestre flora chuchos de frío le da; y así, los reptiles se avergüenzan de su sequedad.

V: ¿Hay muchos animales salvajes?

B: ¿¡Cuál será la concepción de salvaje en la montaña, y aun más en su cresta!?

Atiéndame... ¿me dijo su nombre?

V: ¡Virdomel, señor!

B: Eliminemos lo de señor. La montaña me lo enseñó. Los pocos moradores en sus laderas reconocen con sabiduría el término. Con ellos descubrí que el mismo se convierte en un apéndice insostenible; me atrevería a decir como el sello de maestro.

 

En ese momento descendió el resto de los amigos, no así el que estaba falto de un zapato. Al incorporarse se le destacó a uno de ellos la gran melena que tenía; era como la de un león.

 

B: En la montaña, Virdomel; lo que cobra auténtico vuelo, un inefable vigor y superlativa energía, es la palabra...

V: ¿Cómo se entiende? ¿Las piedras hablan?

B: Ja ja ja. No Virdomel; aunque si lo pienso dos veces bien podrían llegar hablar, y hasta moverse por la fuerza de la palabra...

 

Los ojos de Baltasar se metamorfosearon y eran como los de un águila. Y expandió su efervescencia:

 

...porque ésta está junto a la cima. Traspasa sin agredir a las nubes, se sube sobre el viento y se mezcla con la luz. Toma por el talle al viajero que va por la cumbre, y embriagado por el transitorio éxtasis de alcanzar un pináculo, lo impulsa a gritar un “¡aquí estoy!”, desde allí; y la naturaleza le responde, pero el “¡aquí estoy!”, allá va: Cruza estepas, valles, desiertos, ríos, quebradas, bosques y mares; el océano alza la mirada y se maravilla con el soplo divino que distingue lo sempiterno en la palabra que va más allá.

Y baja entre las urbes, tal como lo hace el viento. Algunos hacen eco de ella, otros la mezclan deliberadamente en sus discursos, y la palabra se eleva otra vez, y quizás hasta mayores alturas; y se une con la luz y el viento para volverlos a empujar.

 

Virdomel: ¡Guaaau!

Baltasar: ¿La palabra lo convirtió en perro?

Virdomel: No; es que percibí tanta energía, que pensé en qué flechazo habrá hecho blanco en usted en ese viaje a la montaña.

Baltasar: No necesitaron asaetearme, sólo me brindaron amor; y a mí me enamoró la montaña. ¿Bajamos en la próxima, señor?

 

El de un zapato menos asintió con la cabeza. Ambos se inclinaron para saludarme. Una dama toda vestida de celeste bajó en el mismo lugar. Yo alcancé a decirles ¡hasta luego!, porque me quedé con ganas de más; pero convengamos que era un viaje en colectivo.

 

El de mirada inquisidora bajó en la parada siguiente. No se llegó a ver para que lado echase andar velas.

 

(1) Ushuaia - Tierra del Fuego – Argentina