Desata placidez el aparato respiratorio de mi almohadón de fondo negro tornasolado con sus cinco flores y dos tallos, circunvalados por esa sucesión de ochos horizontales, distendidos detalles que reposan junto a mí, sentado frente a mi secreter, con mis manos que lentamente descorren la persianita, rindiéndome ante un panal de roble para dar con el tintero que en tiempo ha me obsequió una amiga. El ritual exige posar mis ojos en el portarretrato, mas no se detienen, y luego apuntan al cofre en donde suelo guardar lapiceras, lápices, cartuchos y frascos de tinta, gomas de borrar, el abrecartas y la regla que nunca empleo. Antes de abrirlo distráenme otras celdillas instándome a rozar con suavidad cada uno de los herrajes. A veces me pregunto en cómo siendo sencillamente cajones de un mueble, a no todos se los suele llamar así, y al cajón de la ropa interior o de las cartas de amor se le dice cajoncito, en tanto que al de otras prendas se lo llama cajón. Mi secreter no está exento. Arresta mi paso el herraje boquiabierto del cajoncito al que un afecto bautizó como berenjenal. No sé si en todas las casas, pero en algunas creo que sí, al menos, acentuado por mi natural desorden eso sucede en mi secreter, siempre hay un cajoncito con objetos de distinta índole, en donde apego y desapego conviven ociosamente y sin rechazos entre sí, sin saber ellos porqué llegaron allí, habiendo, en forma aleatoria, ocupado anteriormente un lujoso o austero estante; pero si fueron conservados, aunque en un supuesto caos hoy residan, algo deben tener por ofrecer, y el dueño, no habiéndose deshecho de ellos, quizás, es porque sabe que un fruto podrán dar todavía.
Una vez un amigo encontró en su cajón de objetos varios, o lost-and-found como solía llamarlo, un lunes, un martes y un miércoles santo; ¡por suerte era un mediodía! resaltó en su comentario; al día de hoy no entiendo porqué lo recalcó. Sigo, pues, no vale la pena detenerme en lo que contiene mi berenjenal, no es tan sustancioso, se aburriría. Comunicados por una avenida cuya onda verde me posiciona frente a la inigualada vibración de cada stop, impensadamente abro uno de los tres cajones ubicados en la parte superior y escucho que algo se deslizó tocando una de las paredes, tanteo, pero nada, cierro, y el movimiento provocó la reiteración del susurro. Ahora, con mi corazón volcado decliné los párpados y adormecí la yema de mi dedo, recorriendo, como un acróbata sobre un cilindro de circo, la gráfila de una medalla que descascarada, más viejita que el tintero y mi secreter, sin más valor que la premiación en sí, me fue entregada en una kermesse, con ceremonia de reconocimiento y aplausos produciendo escalofríos en mí, quien con infantil destreza había hallado el caramelo escondido en un bol repleto de harina, que conforme a las condiciones de la justa, inequívocamente preveía la cara de mimo con la que iba a salir.
Juego tonto que ha sabido jugar al juego de no serlo. Vagabundeando en la orlita: Días atrás, mientras aguardaba sin apuro comprar unas galletas, ansiando que el almacenero me las entregara envueltas por una hoja de papel a la que habría hecho girar en el aire, dejando sobresalir a sus costados unas vistosas orejitas, y diciéndome ¡no te las comas todas por el camino, Virdomel!, un muchacho hacía rodar en el mostrador una moneda que inesperadamente fue frenada por la palma de una mano que exclamó ¡Tarde o temprano, se ría o se llore, por cara o seca hay que optar!, fuera de mi foco debí hacer foco en lo que la persona le quería decir al muchacho no menos desconcertado que yo; alzó la voz otra, que haciendo girar la moneda, con su discurso interpuso ¡Cada día es una oportunidad para elegir de qué lado se está! y la aplastó en el mostrador; no le fue en zaga un simpático pelilargo con aros que bebía de un sachet con yogurt quien con una mano lanzó la moneda al aire y luego de atajarla expresó ¡A cada despertar le sucede la necesidad u obligación de tomar decisiones, reafirmar lo elegido, ratificar o rectificar el rumbo!; un señor de cabello muy blanco con tono pausado repitió algo que suele decir un gran amigo ¡Cada uno vota con su libreta!; por mi parte, pensando si entre los improvisados titanes en acción alguno terminaría con la presea en la solapa, el almacenero, con rostro de haber ganado caminos, montó sobre la pieza metálica un terrón de levadura y díjole al joven ¡La fe en Dios es una elección y renovación diaria a primera hora de la mañana; de manera horaria, y sabiendo de qué lado estás, te guiará frente a las opciones para la toma de decisiones y te impedirá ser botado! ¡Vamos; vete, vete!, y dile a tu señora madre que mande unas lonchas medianas con chicharrones que aún la Maruja no le cae con el punto. Recogiendo doradas migajas icé los párpados y la medalla retornó a su escriño. |