SAVIADURÍA©

Libro

 

Editorial Dunken

Enredos

Lector/a, sabrá entender, siempre que algo haya leído en esta recopilación, y en consecuencia apreciaré tal indulgencia, el porqué de la posible digresión que, a todas luces, se desprenda del siguiente relato.

No es ajena, o al menos eso escuché alguna vez, la importancia de la autoestima, por cierto permítaseme recordar al lector/a que mi nombre es Virdomel, y que a uno se la levanten, si es pasible de serla, cuando no necesaria alzarla, pues bien puede terminar, por descuido o impropias gracias, enmoheciéndose entre las juntas o rendijas de las baldosas del patio de la propia casa, y para quien su vida transcurre en un departamento, podrá serlo entre las del parquet, tarugados, entablonados pinoteas, mosaicos, cerámicas o alfombras. Bien sabe lector/a que mis conocimientos son harto escasos, razón por la cual sobre pisos tampoco entiendo, mas me atrevo a recomendar que resulta imprescindible que no se le pierda pisada a su posible pérdida, equivaliendo decir que es mejor no pisarla.

En orden a la autoestima entonces, abordaje que manejaré con pinzas muy suaves o suavemente con delgadas pinzas, obligado por las circunstancias que acontecieron, porque, obviamente, también sobre ella mi limitación es superlativa, pero sin lugar a dudas llevado por el buen Dios a través de la lectura que realicé a primera hora de éste día, que podrá considerarse hasta conveniente aplicar en cualquier otro, Él se compadece con nuestras humanas necesidades, poniendo para reconfortarnos..., por qué no su distracción, convengamos que un Dios Vivo que se debe aburrir un poco con las astucias de los avivados, le hará bastante bien disfrutar de las complacencias de y entre sus hijos, que siendo de, por suprema naturaleza suyos son, ...las miradas o palabras oportunas en la desazón que se calza en las coyunturas.
Si en vista de ello le sumo que quien está sobre mis pestañas me ha licenciado para lanzarme con comodidad, ¡bienvenido día!.

Habiéndome quedado como un gatito al que le han sacado el ovillo de lana para no desmadejarlo ni destruir, pensando en voz alta acerca de la misericordia de Dios, no puedo menos que agregar el figurarme a un Jesús riendo durante sus comidas; convendrá la natural sabiduría, sin caer en ligerezas impertinentes, no pensar en un Jesús haciendo últimas cenas, retratado en un cuadro y estático, y complementariamente, el mismísimo Dios encarnado, seguramente no dejó pasar la oportunidad de mostrar su capacidad de reír con sus padres, familiares y amigos; confiando hasta en un Jesús bromista a veces. Es cierto, suena casi lógico, de ningún versículo se puede inferir a un Niño Dios yendo con un regalo envuelto en luz entre las manos a visitar a alguien, y me pregunto: ¿Por qué no, por qué constreñirlo? ¿Será tal vez porque nuestro corazón no se atreve a verlo llegar con infinidad de regalos justamente para él (nuestro corazón)? Como limitado estoy (y ya van...) para conferirle veracidad a lo expresado, aunque no lo creo descabellado, sencillamente dejo tal pensamiento para la consideración de Jesús con su prójimo ayer, y Vivo entre los hombres hoy.
Ayer cuando salí de la peluquería, al llegar a casa me di una ducha rápida no viendo en el espejo lo que osó contarme hoy. Lorenzo, quien por suerte no está en lista de canonización porque (aquí) ya me lo habrían censurado, cortó mi cabello aplicando la técnica para el pelado renegón.

Entiendo que no es motivo para sonreír, ¿sí?; aprecio soberana cortesía.

Pero ni más ni menos fue así. Claro, yo no me había dado cuenta que estaban saliendo menos de los que caían, entonces el balance arrojó, y con sonrojo pienso que no cesará en su arrojo, un resultado no favorable; las entradas en las sienes ya no eran emulación de arabescos en el frontis, sino que las entradas optaron por entrar, y en acción devastadora; sí, efectivamente, quedó un ralo tendal de chamuscados pastizales.
Poco pienso (sí, también) va quedando disponible; Lorenzo empleó lo de uso y costumbre en su oficio antes de aconsejar con cara de pésame y palmaditas en el hombro un tratamiento capilar; tijereteamos en el aire anticipando el cortame como siempre, emparejamos la cosa rebajando, y entre tiki-tiki le dejamos al tipito éste más largos aquellos pelos que salven el faltante, así cuando se peina (¿?) disimulan que el césped del club social y deportivo se está viniendo a potrero, o dignificarlo arguyendo que ensancharon la pista de atletismo para hacerlo estadio.
El prurito del calvo no me afectó tanto, puesto que ya, caprichosamente, durante mucho tiempo había ensayado una suerte de rapado; irremediablemente esto iba a suceder, además, una sutil tonsura se insinuaba, aunque el frente de ataque avanzó por otro lado. Siempre supe en que realmente me iba a preocupar el día que se me cayera la capacidad de asombro; la necesidad de observar, por supuesto.
Como excusa suena bien.

Con el cabello ya cortado, bueno, es cierto, emparejado para evitar el uso de una gorrita que cubra el destape, salí a la calle en un día sin changas en el horizonte; con ausencia de paisajes boscosos desde la vista aérea, y apelando a las bondades de la vista gorda.
Cerrando la puerta de casa estaba cuando escucho: ¡Buenos días, Virdomel, qué bien se lo ve!, fue el precioso instante en que la autoestima se acomodaba; la mano de Dios, no depauperada en una portada, había puesto en mi camino a la vecina, luego: ¡No me lo hacía tan hacendoso!
Con la inercia de mis previas disquisiciones, por mi cabeza pasó que la dama, con edad de mujer y una reprimida sonrisa, había pensado en que yo mismo me había cortado el cabello, pero no era por eso. Al descubrir en mi cara cierta inquietud, pronta dijo: Mientras regaba las plantas en mi ventana, lo vi cosiendo... una prenda...

Seguro que un gesto, no por lento revelador, desperezando perplejidad, fue cómplice de la dama para no mencionar la prenda, ni qué parte de ella había estado cosiendo.
Asalta el interrogante, no menos expresivo, de: ¡¿qué cosías, Vírdomel?!
Se trataba de la entrepierna de mi pantalón, más precisamente en esa gruesa juntura de las perneras, un accidente atenuado por su causa, según para quién. Un ortóptero había ingresado por la ranura inferior de la puerta de mi casa, y como si fuera un avezado caza-ortópteros, un alto mando de un cuerpo de elite anti-ortópteros, desplegué todas las artes de combate y, al agacharme, quedó expuesto, en fin, eso... El ortóptero, no era ni más ni menos una cucaracha que había burlado la vigilancia del burlete y logrado sortear ser comida por el perro de mi vecino.
Su nombre reluce en mi memoria, no me acuerdo el del perro, por cuanto un día hablé con un facultativo amigo acerca de mi aversión, ante lo cual, ¡Ése profesional!, con tono despectivo lo digo por la amistad que nos une, encogiéndose de hombros y batiendo en el aire los cinco dedos de su mano todos juntitos, me dijo: ¿le temés a un ortóptero, Virdomel?
En realidad no le temo a uno, le temo a la legión de ortópteros, a su lícita o ilícita asociación, a cada representante de esas colonias de cucarachas, sin que por indolente se me acuse, otra vez, por no importarme su pertenencia a la familia de los ortópteros.
Los grillos sí me gustan.
La cosa no terminó ahí, renglón seguido fue hacia la parte posterior del consultorio donde guarda las muestras médicas que me regala; obviamente realicé mis conjeturas: que analizaría algo, haría un diagnóstico, surgiría una prescripción, y no me equivoqué, o sí, con adustez en su rostro y profesionalismo, dijo ¡aquí tengo la solución!, me dio un insecticida.

...lo felicito, concluyó.
Sí, me las arreglo, fue mi lacónica respuesta al elogio de la dama.

Entre mi incipiente y no menos avasalladora calvicie, la oronda pero acechadora cucaracha y mi atrevida e improvisada incursión por entre las peliagudas artes de la alta costura, una intrusión, la irrupción en mi espacio de mi vecina fue todo un bálsamo.

La dama, de profesión actriz aunque ya no actúa, como dije antes con edad de mujer, e inextinguibles dotes de seductora, venía de hacer las compras. Traía consigo lo que algunos conservan en llamar la bolsa de los mandados, que nada tiene que ver con el viejo de la bolsa, ni llamarlo -sé de la existencia de movibles valets -, un saco de plástico tejido con micro hilos de colores, rematados por una manija -no el viejo por supuesto- de dos cuerpos que suelen soportar el peso de las compras menores del día, sean de la verdulería, frutería, carnicería o almacén.
Pese al sol de la mañana, la dama se cubría con un paraguas al que seguramente llevó por el anticipo del servicio meteorológico que huelga decir que no se concretó.

Intercambiando cumplidos, humoradas y charlando sobre las noticias de las primeras horas, se nos pasó más de una, en la que no faltó su latiguillo, disparador en un sentido, ya veremos porqué, evocando, según ella, a Gustave Flaubert: Amad el arte, entre todas las mentiras es la menos mentirosa; luego cargué sus compras sugiriéndole por el peso que anoticiaba a mi dinamómetro lumbar si no planeaba reemplazarla por un changuito, terminando por acordar un encuentro para más tarde tras un ¡qué bueno sería ver la película de estreno que dan en el barrio!.

Así fue que al asomo de las primeras estrellas, con sus glamorosos pasos como aplastando los ortópteros que a mí me asustan, y mi patizambo andar esquivando las rendijas de las baldosas por si pisaba la autoestima de alguien que estaría retornando por ella, del brazo, y escoltados por una sombrilla que se le ocurrió traer a la dama, enfilamos para el biógrafo, a una desopilante comedia, a cuya cita no faltaron los enredos ni las confusiones.

Antes de acostarme releo lo de la mañana: “Vive ilusionado y consuela tu corazón, y aparta lejos de ti la tristeza, porque la tristeza fue la perdición de muchos y no se saca de ella ningún provecho” (Ecli. 30, 23)