SAVIADURÍA©

Libro

 

Editorial Dunken

Close

Tal es la estridencia en el alma del silencio en las calles hoy, que llega a escindir los latidos de los pocos caminantes que se animaron a salir. Yo uno de ellos. Mi nombre es Virdomel, curioso por excelencia; observador, aunque excelente no sea.

Vergonzosa y agazapada se desprendió una línea líquida del bolso que la pasajera llevaba ante sus pies; se lo advertí de inmediato, pero me ignoró. Insistí. Me agradeció afablemente pero no hizo nada al respecto. A los pocos centímetros el cordón detuvo su paso y se transformó en un charquito. Yo me quedé mirando el bolso y de reojo a la pasajera que parecía hacerse la distraída. No habrían pasado diez minutos cuando un nuevo afluente se puso en paralelo a la huella del anterior. Alcé mi mano como para indicarle a la señorita lo que ocurría en su bolso, pero de inmediato la retraje cuando a mí volvió su desinterés sobre aquello.
Se dio cuenta sin más, y por meterete me siseó: ¡Venga, acérquese!
Deslizó la cremallera del bolso y asomó la pelambre de un cachorro de ovejero belga. Su hocico estaba húmedo y fresco, y sus patitas como las de una lagartija procurando mimetizarse en ese extraño continente. Sus ojitos resplandecieron por la claridad que ingresó de pronto a su cajita de lona; y se acurrucó tímidamente.

- Recién lo encontré en la calle, regresaba con el bolso vacío tras haber dejado antiguas prendas en un lugar en las que hacían mucho más falta que en mi casa. Le puse de nombre “Close”; espero que le guste a mi hija aunque ella no lo pueda ver.
- Estoy seguro que sí.
- Mi niña se llama Azul. Por favor no diga que llevo un perrito, ¿sí?.
- Ni se me pasó por la mente.
- Nos quedamos solas con Azul; creo que Close será una buena compañía ¿no cree?.
- Entiendo que sí. (No quise indagar)
- ¿Ha tenido alguna vez un perrito?
- Gracias a Dios, sí; hace tiempo ya.
- ¿Qué nombre tenía?
- Cualquier nombre le venía bien.
- ¿Cómo se entiende eso?
- Creo que pasaba porque reconocía la entonación con la que nos dirigíamos a él. Un “vení” alcanzaba. También era un ovejero belga. Su lomo era muy negro, sus orejitas siempre estaban bien erguidas y el trotecito de su andar era encantador. Le gustaban mucho los niños. Si algún niño había en casa no dudaba en echarse junto a la criatura; y si el pequeño dormía, nuestro perrito permanecía pegadito a la cama.
- Entonces usted entenderá por qué razón lo llevo a casa ¿verdad?
- Absolutamente.