P. Andrés,
Ruego sepa disculpar mi atrevimiento de contactarme con usted de esta forma, pero al no hallar otra, creí que así tendría más posibilidades de que mi correo llegara en tiempo, ¿curioso no?; en fin… Sucede que hoy cuando terminé de bañarme, al quitarme la bata para vestirme y frente al espejo me encontraba, advertí que no tenía visiblemente dos marcas imprescindibles para los tiempos que corren -si tal concepción cabe o somos nosotros los que corremos, como jugando al gallito ciego en pos de quién sabe qué-; una es la “fecha de vencimiento” y la otra el “código de barras”, ¡caramba! me dije, y luego: ¿cuál será mi fecha de vencimiento?, ¿cómo será mi código de barras? Entonces pensé, si desconozco mi fecha de vencimiento hay cosas que no pueden quedar pendientes por hacer en el acaso de mañana. En un tiempo cursé sendas cartas, en las que a seres muy próximos a mí, les hice saber lo que significaban en mi vida. También lo hice personalmente y me abracé y lloré con esas personas; pero ¿cuántas otras hay que pasan por la vida de uno, y construyen de algún modo una parte de nuestras vidas, configurándose nuestro presente hasta que la fecha de vencimiento diga: tu presente ha cambiado de estado? Porque así como expresiones de amor edifican una gran porción de nosotros, no es menos cierto que el desdén, la envidia, las murmuraciones…, y hasta el odio extremo de los otros constituyen las pruebas por las que transita nuestro corazón que, afligido, termina por la gracia de Dios, por arrebujarse entre sus manos; y es en el que Es, en donde nos sentimos seguros, y sea por lo que fuere, gracias a la fe y fortaleza que nos da, cuando no una nueva oportunidad (creo que siempre), volvemos a empezar. Estoy absolutamente convencido que sólo por esas manos se hace la lectura perfecta de nuestro auténtico código de barras, que no refiere a país, rubros, sub rubros y valores de mercado, y sí brinda la información real de nuestra esencia. Retomando la idea, P. Andrés, y desconociendo mi fecha de vencimiento, es que necesité hacerle llegar mi agradecimiento por muchas cosas que usted hizo, incluso por mí particularmente, y quizás no descubrió que están en su código de barras. Mientras usted nos interesaba por temas tales como: la escuela Eleática fundada por Jenófanes, el rol de Parménides, el método dialéctico empleado por Zenón de Elea, que Pericles había sido discípulo de Anaxágoras; la escuela Atomista; Leucipo de Mileto; y el tratado “Acerca de la Felicidad” escrito por Demócrito de Abdera, entre otros…; a pocas cuadras de allí, en la estación de tren, sobre distintos rieles partían formaciones transportando un sinnúmero de pasajeros, sin saberlo quizás, por el limitado conocimiento humano, que un silencioso élan conduce hacia una misma meta. Y nadie, como yo, supongo, conoce su fecha de vencimiento. Ese “allí”, no era otra cosa que una pequeña capilla, en la que la feligresía aguardaba entusiasta cada uno de sus sermones; y entre esa gente se encontraba la Vieja, quien más de una vez me pidió que la acompañara para participar de las medulosas celebraciones que usted realizaba. Y en su código de barras… Cuánta enjundia había en su rostro, en sus manos, en su estampa toda, toda vez que realizaba la consagración del pan y el vino… Cuánta euforia podía descubrirse en sus movimientos para cada Pascua de Resurrección, secundada con los pequeños cirios encendidos en el interior de la capilla… Cuánta cordialidad se apreciaba en usted al atender a los fieles con sus necesidades espirituales a cuestas, yéndose satisfechos con su palabra vivificadora… Cuánta atención le prestó a mi Viejita, la vez que le acercó un escrito de su hijo, y usted tuvo la delicadeza de publicarlo en un boletín de su comunidad… Cuánto significó ello para mí, incrementado tiempo después, al verlo disertar ante una importante asamblea en un encuentro cultural de nivel internacional… Sin saberlo me impulsó a seguir escribiendo, y llevo editados tres libros. Porque, entre otros factores que incidieron, yo interpreté que si ese hombre, valoró lo que yo escribí, por más simple que fuera, comparado con sus encumbrados conocimientos, lo mío tan malo no era. Luego la crítica se ocupó de lapidar mi forma de escribir. Podrá ser críptica y cabalística para algunos, adocenada para otros, pueril e insustancial para otros tantos… pero sabe qué P. Andrés, como desconozco mi fecha de vencimiento, y en algún momento esta carta, como en una botellita arrojada al mar, a sus manos llegará; sepa al menos que así como le agradezco a algunos mirándoles a los ojos, también le agradezco a usted el formar parte de los que han configurado mi presente, haciéndome yo cargo de las miserias que puedan articular o no mi código de barras, y por sobre todo, le doy Gracias a Dios, porque rezando, escribiendo, agradeciendo y amando, es donde hallo mi libertad espiritual verdadera. P. Andrés, nos estaremos viendo. ¡Te dejo una copia, Virdomel! Las voy dejando en distintos lugares, porque perdí contacto con aquél; y es probable que ese aquél, antes de que oscurezca, sepa que alguien tiene algo para decirle a él. Chau * * * ¡Rrriiinnngggg! … … - Sí, Virdomel habla, ¿por qué asunto es? - Guillermina me dio el número del celular, y quería decirle si podría rezar por Mario. - Entiendo… Sí, lo haré. |