SAVIADURÍA©

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Editorial Dunken

Auxiliadora

El insolente aviso en la explanada de la estación de servicio impacientó a mi estómago; decía: “café c/leche + 2 medialunas $ 3,00” En realidad no sé si era una bicoca, incluso desde lo etimológico, pero la invitación cuadraba teniendo en cuenta que la mañana nos sorprendió con muy baja temperatura.

Yo iba caminando por una calle de nombre San José, muy probablemente tenga que ver con lo que continuará, mas no me detendré así puedo enfocar el relato en función de lo sucedido esa mañana.

Decía pues que iba caminando por esa calle, y lo era con estupor, debido a que me salían al paso algunas manchas de sangre por la vereda, y por la forma de las marcas, la mayoría de las gotas habían caído con cierto movimiento; no son iguales las marcas producidas por el goteo del que sangra estando quieto, en un lugar fijo, pues suelen abotagarse en la caída, arracimarse, tornar circulares, espesas y con puntitas alrededor, algo así como el efecto visual que se advierte en una piscina cuando alguien se arroja desde un trampolín en posición fetal; en cambio, las que se van desprendiendo de quien sigue caminando, sin considerar el encharcado arrastrado, adoptan una especie de movimiento inerte, perezoso, indeciso, de modo tal que la gota no es tan circular como la primera, sino más bien alargada, esparcidas, un lanzamiento captado en cámara lenta, con mayor grosor o espesor sobre uno de sus lados y, estrellada contra el suelo, tendiente a dejar la expresión de unos ojos estupefactos, horrorizados, muy abiertos y con pestañas bien definidas, dependiendo del caudal del sangrado, la moderación o virulencia de los movimientos de quien se ha lastimado.

Sobre la observación de un lego por supuesto, quien sangra en determinados lugares va dejando entrever instantes de detención, o si su marcha ha sido -por llamarlo de alguna manera- continua, regular, sin mayor importancia o alteración, porque el que iba sangrando no era yo; ¡obvio!, así cualquiera se detiene a analizar las formas de las gotas de sangre caídas en la calle.

Tengo presente que eran las 07:34 AM cuando al doblar en la esquina, entrando a una calle de tránsito vehicular inconstante y de notoria ausencia de transeúntes, escuché unos golpecitos provenientes de la otra vereda.

En otro tiempo, a lo largo de esa cuadra quebradiza, susceptible, hoy, a restallar y propagar un suspiro, se alzaba una importante empresa de la industria alimentaria, de la cual sólo han quedado en el recuerdo del vecindario los sonidos procedentes de cintas transportadoras, autoelevadores, montacargas, los producidos por el ingreso y expedición de la materia prima y manufacturada, el murmullo en los depósitos y en la plaza de contenedores; el creativo y llamativo color de la flota automotor que formaba parte de la logística de distribución; como así, los aromas que se originaban en los hornos de cocción ubicados sobre la perpendicular.

De ese andamiaje sobrevivió una parte de la estructura, hoy carente de actividad, salvo la originada por la presencia de gatitos que adoptaron el lugar como propio; y que mal no les ha venido, porque al no tener televisores cada vez van ocupando más espacio, y favorecidos por el solidario sustento pueden mantenerse en la colonia sin conocer mayores esfuerzos.
 
La pared de esa vereda, como consecuencia de las herrumbrosas persianas de los galpones dispuestas al sueño eterno, escoltadas por enormes columnas sobresaliendo un poco más de setenta centímetros, hacen que la misma presente ciertas sinuosidades tendientes a malograr el cauteloso andar de los invidentes, y por qué no sorprender a un distraído.

Advertido de ello y ansioso por evitar otro derramamiento, en medio del silencio grité ¡Cuidado, señora!

La mujer, que se guiaba tocando con su bastoncito la cortina metálica de uno de los recovecos, hallándose a menos de un metro de distancia, se detuvo de inmediato frente a lo que pareció una orden con tono imperativo y hasta alarmante, pero bien (o mejor dicho no), privada de la visión, iba directo a estampar su cara contra uno de esos muros divisorios.

Su cabello, rizado y cano, era parte de la composición de los renglones de su piel. Una mujer risueña que buscó en su entorno casi vacío al dueño del grito y, por ende, compositor de su marcha interrumpida. Su ropa era sencilla aunque lucía bien combinada, tenía puesta una camperita de jean sobre una remera muy finita color beige, pollera y una cartera con zapatos al tono.

El bastoncito blanco era improvisado.

Presenté mis excusas, recibiendo de la dama un gesto cordial, dándome a conocer que nunca había ido a tomar el colectivo por esa calle; que desafió su rumbo diario porque se sentía inútil, perdida y sola.

Mis ojos no son como los de los ciegos, ¡ve, ve! -me dijo-, hace seis meses que no puedo ver; ni bastón de ciego tengo, porque el médico me ha dicho que dentro de unos meses vienen a la ciudad unos especialistas, y tal vez puedan sanarme.

Se le llenaron los ojitos de brillo así que sólo atiné a preguntarle qué colectivo iba a tomar para sacarla del trance y acompañarla, pero la dama algo más tenía por enseñarle a este hombrecito que se había encontrado con una gran mujer: ¿Sabe que bailo el tango?, algunos me dicen cómo puedo hacerlo y les digo que lo bailo con los pies no con los ojos. Es cuestión de reconocer el ritmo y animarse. Yo soy muy optimista y siempre trato de entender, pero no todo entiendo.

Le cuento algo, soy hebrea, y hace como dos meses estaba frente a la Estrella de David pidiendo por mi salud y, aunque usted tampoco me crea, vi a la Virgen María con un Niño en los brazos.

- ¿Por qué no he de creerle?

- Me han dicho que ya estoy hecha una vieja loca. Todo porque aún puedo reír con mi desgracia. Pero es que algo de claridad veo, y a la gente también, aunque media borrosa; no veo las caras con nitidez y sólo puedo hacerlo de costado. El médico me dijo algo del nervio óptico. Vea, acá me duele cada tanto, y recorrió con su mano la zona izquierda, desde su parietal hasta el occipital. Pero a la Virgen con el Niño yo los vi, ¿usted qué piensa?, ¿me habrá querido decir algo?, ¿me estaré volviendo chiflada como me dicen?

Qué iba a decirle, temía ser muy parcial, ¿desde dónde lo haría? No me resultaba fácil responderle. Traté de ponerme en su lugar, en el de sus allegados, en sus lugares de pertenencia, en su historia de vida, en su acervo formacional, respetar sus años, en entender por qué empleó el término “Virgen” y no María simplemente, por qué razón dijo en un momento “con un niño en sus brazos” y luego “con el niño”, así que respondí: Yo le creo, señora. Y si la Virgen se le apareció en éste momento de su vida por el que atraviesa un profundo malestar, se siente sola e incomprendida, quizás la Virgen María, auxiliándola, le estaba ofreciendo su mediación ante Dios.

¿¡Quién podía ser yo para calificar, poniendo debajo de la línea de aprobación, la visión que había tenido. Su verdad. Su cordura!?

- Yo estoy segura que algo me quiso decir porque es de las nuestras (lloró)..., y yo necesito ver.

¿Sabe que a veces veo algunos colores? ¿Por qué será?

- No lo sé.

Llegó el colectivo, y luego de agradecerme, sin entender porqué ella a mí, decidí ir hacia una iglesia que está a pocas cuadras, cuando iba ingresando recordé algo que la Virgen María reveló a Santa Gertrudis: “Si alguno me saluda con devoción y me llama Blanco Lirio de la Santísima Trinidad, Fúlgida Rosa del Paraíso, Yo haré ver en él lo que puedo obrar por la Omnipotencia del Padre, qué recursos me suministra la Sabiduría del Hijo y cómo ha llenado de Misericordia mi Corazón la Benignidad del Espíritu Santo…”