SAVIADURÍA©

Libro

 

Editorial Dunken

Antes que

Cuando quise acordarme ya se me había escabullido; lancé un manotazo pero no le di alcance, entonces salí a buscarlo.
Obviamente que primero fui a su refugio en el cajoncito de la pared, pero el badajo se mostró reticente para contarme el destino; pensé largo rato en alguna estrategia que respondiera a la lógica de su razonamiento, así que lo busqué alrededor de su vivienda de origen.
En el dobladillo de la bocamanga de mi buzo no lo encontré; me quité el abrigo y mientras lo sacudía para ver si de él caía, sentí escalofrío.
Decididamente intenté localizarlo en el interior de mis bolsillos: en el de la camisa hallé una pelusa aplastada con algún vestigio de transpiración; mezclada con hilos gruesos, algo similar encontré en el fondo de los de mi pantalón, que me lo saqué y zamarreé como al buzo; pero nada, y el escalofrío aumentaba.
Me raspé uno de mis tobillos y acusé recibo del arañazo en mi mentón cuando corriendo los muebles del living, pese a su tamaño, la mesa ratona me engañó.
La puerta del horno chirrío, y en el apuro se me escapó y cacheteó la cocina toda, alterando la armonía de los rayitos de luz que ingresaban por entre los orificios del colapastas.
Seguía sin encontrarlo; y el escalofrío trajo sudoración.
Revolví la ropa amontonada en el lavadero y con indignación la puse a remojar en el fuentón mientras pensaba en qué lugar se me había escondido. A través de una ventanita miré hacia el patio y lo llamé casi con desesperación.
No hubo respuesta; y encolerizado no tuve mejor idea que dar un manotazo sobre la ropa enjabonada, y como un escupitajo, a uno de mis ojos salpicó.
Refunfuñando fui para el dormitorio, pero antes eché un vistazo, con el ojo libre de espuma, por el interior del baño. Primero corrí la cortina, luego abrí el botiquín y lo busqué dentro de unos frasquitos cuyos prospectos no sé ya dónde están…, y tampoco lo encontré.
Volví hacia el living y con el atizador removí entre la leña vieja y apagada, entonces urgente regresé hacia el dormitorio, levanté el colchón, el que por su sobrepeso me apartó y obligó a apoyarme frente al espejo de la cómoda.
Agotado, en él dibujé un signo de interrogación y otro de admiración y me di por vencido con el escalofrío a cuestas.
Monté el buzo sobre mis hombros y a través del espejo lo vi a minuto colgado en el perchero.
¡Ah, te encontré!, le dije como en otrora un eureka.
Me acerqué y observé que tiritaba, estaba todo arrugado; cuando lo fui a tomar de la percha me percaté que habían otros tantos acomodados, ¡o desacomodados!, como él, y sólo una percha me quedaba vacía; cierto escozor recorrió cada átomo de mi cuerpo, pero debía tomar la decisión, porque otro minuto se estaba trepando por la tabla de planchar en dirección al perchero.
Afortunadamente llegué antes y colgué al desgano.
El minuto que iba por la tabla de planchar se estiró, así que aproveché para hincarme de rodillas, y con un Padrenuestro de mis labios, desde aquel momento, empecé por comenzar cada jornada con una variopinta costumbre de rezar.

¡Es por eso que hoy ves una sonrisa en mi rostro, Virdomel! Chau