SAVIADURÍA©

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Editorial Dunken

Almíbar III

El irregular empedrado pincelaba la vista con una retahíla de bronquíolos urbanos.
Por efecto del sol y desde mi posición, sentado en un umbral, daba la sensación de que por algunos adoquines, como podía, la ciudad respiraba.
Cuando inclinaba la cabeza podía apreciar cómo algunos sobresalían porque, a pesar del tránsito, aún se mantenían firmes desde su prístina instalación; otros estaban hundidos; otros ladeados; y los faltantes dejaban entrever canales venosos con transpiración ciudadana.

Recuerdo que parte de ese marco fue en el que conocí a Guillermina; una mujer que tenía edad de mujer. Su cabello era de un azabache intenso, y reposaban en sus hombros aquellas sortijas que bailoteaban al son de las melodías de su pueblo natal, las que quizás fueron grabadas por algún calesitero entre los parterres que aún vivían.

Cuántas veces nos sorprende un tiempo, tarareando lo que para uno fue una oda en otro tiempo.

El día estaba muy nublado, no obstante la mirada de la mujer era celeste. Con fruición saboreaba una porción de chocolate blanco en ramas, momento en el que me comentó que se disponía a recibir la Primera Comunión.
Recordé cuando un matrimonio amigo había tomado idéntica resolución; y como parte del anecdotario, a la celebración fui invitado y gustosamente asistí.
Guillermina me fue relatando cómo llegó a la determinación: Que lo había sido por el consejo de una prima tras compartir una misa, y haciéndome conocer partes del proceso de su preparación, con su mirada celeste intercaló un detalle que me conmovió.
Conservo en mi cofre interior el brillo de sus ojos, cuando me contó que ella había comulgado con anterioridad, que sabía lo que significaba recibir ¡piadosamente! el Cuerpo de Cristo, sólo que desconocía el requisito formal de una preparación previa. Pero no terminó allí; compartió conmigo que también se había confesado en reiteradas oportunidades; en ese momento sus párpados inferiores tornaron un atenuado carmesí, como si de esas sortijas en sus hombros se hubiera desprendido el cunero de un moisés.
Agregó que le hacía bien comentarle al sacerdote sus cuitas, y que jamás ocultaba no haber sido preparada para comulgar, por cuanto desconocía, por aquel tiempo, la exigencia del piadoso trámite. No le eran ajenas las oraciones de rigor, como tampoco el examen de conciencia que debía realizar antes de su encuentro con el sacerdote de su pueblo.

Con la grandeza de un corazón noble, tímidamente me dijo:
“¡Yo ignoraba que había que ir a un cursillo, Virdomel! ¿Me entiendes?”

Cómo no iba a comprender, si por cierto habitaba en ella, como resguardado en el interior de un reloj de arena, un dejo de inocencia.
Quién podría ser yo para juzgar de imprudente su sana intención de recibir, nada más ni nada menos que, el Cuerpo de Cristo; sentirse protegida, y hasta contenida emocional y cristianamente por la investidura de un sacerdote.
Llegué a imaginar la mirada de Cristo toda vez que Guillermina se acercaba a su Cuerpo Sacramentado. Supongo que reiría. Y no precisamente por la desvergüenza de Guillermina sino por el candor de su esencia.
Yo sí que puedo considerarme un atrevido con suponer qué pudo haber pasado por el pensamiento y la mirada de un Cristo Misericordioso.

- Me queda poco para finalizar el cursillo, Virdomel. ¿Rezarías por mí?

Con esa frase fue prologando la despedida antes de bajar del colectivo. Acepté tímidamente porque la aprecié encumbrada.
La mujer con mirada celeste y edad de mujer me sorprendió una vez más cuando de pronto: ¡Acepta este regalo, Virdomel. Adiós!

No me dio tiempo a reaccionar, me dejó su teléfono celular y el cargador.
No entendí para qué; además desconocía el número.
Quién se iría a hacer cargo de la cuenta salvo que funcionara con tarjeta.
Yo por otro lado sin un empleo y subsistiendo con changas.
¿¡Y quién y para qué me habría de llamar si yo mismo ignoraba el número de ese teléfono!?

Pasaron algo más de quince días; yo llevaba conmigo el teléfono encendido sin entender el porqué, aunque algo me decía que debía hacerlo, hasta que un día recibí la respuesta. Lo fue a través de un mensaje de texto; revisando entre las funciones descubrí cómo leerlo, y decía:

El número del celular es 3822747842 ¡Reza por los que padecen hambrunas, Virdomel!
Gracias, y adiós.

Fotografía del crepúsculo: Un vitreaux.