Es la hora 04:51 y, recostado, con la luz encendida, veo cómo mis plantas se permiten dejar llover su colorido hacia el interior del dormitorio; sin embargo, aún no ha aclarecido; en consecuencia, el resto del paisaje, que presente está, no ha presentado sus colores respectivos. Me acerco a la ventana, y observo cómo la luz de algunos faros de la calle parecen cabecear por entre las hojas de unos tilos y jacarandaes; su amarillez despierta hacia mis sentidos el indefinido brillo y verdor de algunas (hojas); me recuesto mirando hacia la edificación de enfrente que envidiosa aguarda delinear con nitidez sus formas. Alcanzó que pasaran apenas unos minutos, para que la luz natural comenzara por hacer brotar, en una escala imprecisa de colores, otros componentes de mi cuadro. ¡Ah, veo dos estrellas!, mas el cielo aún no se presta a desplegar su majestuosidad, lo hace de a poco, quitando velos, no queriendo irrumpir abruptamente e impedirme disfrutar del encanto que ofrece ese juego inaprensible entre una luz artificial y rígida, y el alba que prologa ese fulgor extrovertido y en constante movimiento. 04:58 La edificación enmarca las copas de los árboles que agitan su cabellera frente a mi ventana…; y mis plantas siguen el compás. El cielo accede al paso de unas despeinadas nubes que lograron hurtarme de mi foco de atención, y al retomar el encuadre anterior, las hojas de los árboles ya tienen algo de color. Trashuman las sombras adoptando un encorvado errátil. Las paredes de enfrente corren a contramano de la orientación de las nubes que tornaron más blancas; la timidez de la luz artificial se hizo visible y denota sumisión. Mis ojos tienen hambre de esa luz que aclara, define, despierta y es incapaz de herirlos, embelesa pero no encandila o encandila embelesando. Salí a la calle con esos reflejos en mis ojos… - ¡Lo que no te mata te fortalece y no hay vuelta que darle! - ¡Otra vez surge ese tema y tu sabes que yo pienso de otra forma!... ¡Uy se armó; qué viajecito me espera!, seguiré escuchando. - …Admitiría tal cogitación, si la misma procediese de dos hojas de un árbol y, tras un fuerte aguacero…, Este se levantó medio eclógico como yo. - … ver que una tercera no soportó el impacto de las gotas y fue arrancada del árbol; y una cuarta se halla mutilada pero bien prendida a aquél. - ¡Pero nosotros no somos hojas de un árbol! - Depende de cómo se lo mire, pero déjame continuar: Tú pareces darle entidad, y aludir, en lo que no te mata, a algo que, desde afuera de nosotros, y sin que participe la voluntad, aunque bien puede gestarse en el interior nuestro con la ausencia de aquella, arremete y daña una parte de nuestra materia, mente o alma, si no logró el objetivo de exterminarnos, la superación, por sí sola, implicaría como resultado nuestro fortalecimiento en algún aspecto, y nuestra propia fortaleza la artífice de mantenernos firmes…, - ¡¡¡ELEMENTAL!!! - … y yo más bien me atrevo a decir, que si no te mata es porque no ha llegado el tiempo; y que si no te mata, por sobre cualquier cosa y desde una postura más humilde, centraría la atención en la misericordia de El Artífice, quien sobre la base de nuestra fe, o ya sea para despuntarla, despertarla o reavivarla, o para ajustar nuestras cuerdas y agujas y ponerlas en sincronización con Él, Él acude en auxilio del yacente. - ¡Pero vos estás de la cabeza! - ¿Sabes qué?, cuando adolescente escuché de un amigo algo que me quedó muy grabado: “Vivir para agradecer y agradecer para vivir”. - ¿Y qué hay con eso? - Que generalmente se es proclive a la omnipotencia; a considerarnos los artífices de lo que salió bien, que se quiere mostrar, que ocultarlo sería un despropósito; es de tal grado la hiper-valoración de nuestros potenciales, que nos avergüenza u olvidamos decir a menudo: Gracias a Dios las cosas salieron bien; salí ileso, magullado, pero salí, estoy un poco estropeado pero enriquecido por dentro, con ganas de transmitir porqué y gracias a quién estoy nuevamente dispuesto para. - En qué sentido. - Para vivir. Y agradecer: el Padre nuestro; el venga a nosotros tu reino; el pan de cada día; el perdona nuestras ofensas; el líbranos del mal. Para agradecer. Y vivir: el santificado sea tu Nombre; el hágase tu voluntad; el perdonamos a los que nos ofenden; el no nos dejes caer en la tentación. ... Regresé a casa, y di Gracias a Dios por ver cómo los últimos rayitos del sol de este bonito día han anidado las puntas de sus haces entre las fibras de mis almohadas. Ahora entiendo el porqué de la calidez de los personajes que pasean por mis sueños; y quizás el porqué algunos destellan lucecitas, como si viniesen de un lugar, del cual todavía no he oído hablar con justedad. |