SAVIADURÍA©

Libro

 

Editorial Dunken

Abril

Tórrido atardecer, aquel de noviembre, en el que fui casual testigo de una conversación que, con eco difuso, traigo a esta noche gélida de abril. Un abril que hizo retornar mi lapicera, insospechadamente, como a esas hojas aún verdes arrancadas por el viento, y antes que las recoja el silencio eterno, agostadas y empujadas por el murmullo del mismo viento, preludian un bamboleado paso aleteando por las raíces del árbol que les dio sustento.

Estaba yo sentado en mi almohadón, ese sobre cuyo fondo refulgen una serie de ochos horizontales que enmarcan cinco flores y dos tallos en dorado, cuando de pronto, una parejita tomó asiento en el banco de la parada del colectivo. Yo esperaba el 42; ellos…

Te cité con urgencia porque necesito revelarte algo, dijo él con la voz quebrada y la mirada prendida y perdida en los ojos de ella. Espero no lo tomes a mal, musitó inclinando la cabeza; ¿Qué te sucede? pareces temblar, ¿te sientes bien?, interrogó la dama al tiempo de voltear su rostro dispuesta hallarse con el de él. No hay porqué inquietarse, estaré bien una vez dicho todo; Pues cuéntame para estar bien los dos; Es tarde repuso él mirándola de costado; ¿Cuándo es tarde o temprano?; Ayer para mí fue tarde; ¿Ayer?; Sí, cuando celebramos nuestra graduación y en el aula besé tu mano. Una mano a la que le negaba su anular.
¿Qué tiene mi anular? expresó ella con sorpresa, una sonrisa inocente, y mirándose ambas manos; Lo que por largo tiempo neutralizó mis impulsos; No entiendo; Te aseguro que lo intenté pero fue más fuerte que yo; Creo ir entendiendo; Te amo y no quiero que me digas nada, siempre tuve la respuesta, pero también deseaba responderme; ¿Y qué te has respondido?; Que la distancia ayudará a la renuncia; Pe… Pe… pero yo también te quiero; Lo sé, pero yo te…, también te quiero. Adiós, Siella, prometo dejar tu nombre en la puerta de la ciudad; ¡Espera!; No puedo, ¡aún es temprano! respondió él y gemebundo apuró su marcha.

Yo traté de imaginar ese beso en el anular anulado y sentí en los labios un poquitín de escozor.

De un magazín en una guantera, salía: Tu nombre me sabe a hierba (J. M. Serrat)

Al costado de la ruta un hombre leía: “Esta mujer cabe en mis manos. Es blanca y rubia, y en mis manos la llevaría como a una cesta de magnolias. Esta mujer cabe en mis ojos. La envuelven mis miradas, mis miradas, que nada ven cuando la envuelven…” (Pablo Neruda)