A horcajadas, sobre el aguileño morro, sus lentes caracterizaban la cartelera viviente de la función vespertina; cabriolaban las pestañas, teloneras de la mirada grácil y chispeante que, ante cada cuadro por cuadro de lo que supuse era y así fue, un álbum de fotos le proponía.
- ¿Es usted Virdomel? peguntó alzando sus lentes sin superar la línea de sus cejas. - Sí, respondí, sin avergonzarme, ahora, aunque obré tímidamente en el encuentro que, por no citarse el derecho de admisión y permanencia, sobrevino al sentarme junto a su asiento. - Lo reconocí por el almohadón. Algo me habían dicho; ¡encantado!, me llamo Armando. - El gusto también es mío, señor.
Armando continuó con lo suyo y yo con lo mío, que para el caso consistió en observar en cómo mi mano transpirada se iba enfriando. En la evaporación flotó mi aerostato reconociendo el antiguo óleo que retrató el brote de sudor en mi mano cuando por vez primera tomé la de ella; mano que hoy, procurando ser fiel con las riquezas de Armando, seguramente sudarán más de una vez en el intento de su reproducción. ¡Vea mi amigo! irrumpió.
En lo primero que fijé la vista fue en sus manos; en la alianza gallarda resplandeciendo entre la espesura del vello, profuso y nostálgico; en la parsimonia de su paternal movimiento, mesurado, sabio; en la congruente articulación de estos con su discurso.
Éste de la foto es un amigo al que recién fui a visitar: Estábamos en Las Grutas (1); un lugar paradisíaco, en el Golfo San Matías, de aguas mansas durante el día, briosa algunas noches, fina arena, y poco conocida por entonces. Entonces en el que tenía pelos; yo por lo menos peino canas todavía; ¡uy perdone!; No es nada, ya no hace mella respondí urgente (puede leerse Parte XLV); en honor a la verdad creo haber ocultado un poquitín de ella, el hombre no tuvo intención. Prosiguió: Estas son nuestras esposas, ellas no han corrido análoga suerte; quizá ésta alusión sirva de soporte para lo que le contaré luego.
Mi amigo era un deportista nato y amante de la naturaleza; por iniciativa de él resolvimos pasar aquellas vacaciones en carpa. Hace minutos recordábamos lo incómodo que fue para mi esposa y para mí dormir en esas bolsas rellenas de plumas; más tarde nos habituamos y realizamos otros viajes. En la actualidad Las Grutas cuenta con una infraestructura bien cimentada; sin embargo, mi amigo optaría por la zona del camping. ¡Qué curioso!, entre este ayer entre mis manos y el presente que nos sostiene, es probable que hace un rato se hayan materializado, más claramente, los efectos de una suerte de cimiento real; sabe a qué me refiero con lo de cimiento real, ¿no? - Procuro hilvanar, señor.
Hubiese querido abrir el diálogo sobre el cimiento real, por cuanto la soltura presente en la expresión de su rostro me dio a entender que conocía del tema, pero el recorrido del colectivo me iba impedir acceder a los paisajes que traería a mí, Armando; y aunque no imaginaba el contexto en dónde y cómo siguió el relato, comprendí que la respuesta breve era la adecuada con un saldo de tarea pendiente para completar en el hogar.
Hacía cosa de siete meses que no nos veíamos; la esposa me confesó que él prefería estar solo y temía incomodarme; desentendido, tomé distancia; en la última charla él dijo cosas que me asustaron: Quisiera volver a creer en Dios como lo hacía cuando todo marchaba bien. Sinceramente yo no puedo tener la perseverancia de Marta Alcira (la esposa), de otros; sostener creencia alguna siquiera. Hoy sólo creo en los dolores que me atormentan. Verás que el panorama está teñido de desaliento, pero la vida sigue y estoy obligado a estar en ella, o mirarla pasar hasta que el basta llegue pronto. ¡Ave María! - Perdón, Armando ¿y esa foto?
Creí que debía interrumpir.
Es en el Proveedor del Sud, un mercado muy grande ubicado sobre la Av. San Juan al 1000. Ocupaba un terreno en distintas manzanas. Orlando (el amigo) tenía una pollería sobre el terreno lindante con Achupallas; ¿Achupallas?; Sí, una cortada que un día cargaron en un camión y se la llevaron. Mi local estaba cerca del ingreso por la avenida; un bazar muy surtido. ¡Se ponía lindo los fines de semana!, mi esposa llevaba el tocadiscos y sacábamos un parlante a la puerta, eso atraía clientes. En un tiempo los purretes bailaban el twist o el fox-trot en la vereda. Excusa suficiente para acicatear, con un ¡padrino pelado!, a cualquier pituco que pasara; éste difícilmente resistía la conminación, resuelto a soltar al aire un puñado de monedas obligando a la chiquillería a rodearlo y aplaudirlo. Si le contara cuando los puesteros nos juntábamos a jugar al balero; Don Fulgencio(s) de pura cepa éramos. ¿Jugó al balero, Virdomel? - No - ¡Usted no tuvo infancia!, ja ja ja Una vez al mes, cuando organizaban las carreras de autitos tirados con piolín, con Orlando rifábamos una canasta para pic-nic; mantelitos bordados, un juego para cebar mate, un juego de la oca, dos pollos, menudos y huevos haciendo juego; ja ja ja. ¡”Tenemos” que bajar en ésta!
Imposible negarme; bajé con él.
Afectos a las carambolas, hombres de distintas edades se encaramaban sobre sendos paños. Dos damas, con edad de mujer por supuesto, bajo las luces y entre el humo de los puros, fileteaban los suspiros que sus quiebres sugerían. Un cubilete, haciendo las veces de centro de mesa, bostezaba cien y cien dados en medio de tres sujetos. Mostrador, sillas y mesas eran de caoba; y una alzada vitrea el respaldo de brebajes con copas de variado fuste. Tomamos asiento próximos a unos hipos que lagrimeaban en el escurridor del lavacopas. Un delantal colgaba junto a la puerta del baño de caballeros. Distinguí un cartelito en un tabique: Salón Familiar, decía. - Buenas tardes; café con cognac para dos ¿no, Don Armando?. - Sí. - No para mí; apeteceré un té con limón, por favor. - ¿Trastornos digestivos?. - En absoluto. Pensándolo bien… (puede leerse Parte XVIII); bueno, no siempre. Mi atención con baches no registra unas palabras de Armando –tampoco me animé pedir reiteración-, enajenados mis oídos entre los acordes de Cafetín de Buenos Aires (Enrique Santos Discépolo, Mariano Mores), pudiendo aquella retornar a la mesa cuando del salón contiguo escuché el consabido tin-tin de quien, haciendo chocar la cucharita en el interior de un pocillo de café, llamó al mozo.
Anejo a la caja, al hombre detrás de la barra, impresionando ser el dueño, delante de unas estampitas de San Cayetano, la Virgen de Lourdes y del Cristo Caminante, con intermitencia histriónica lo asaltaba una risa conejito jugando al solitario con barajas españolas.
Hice dos timbrecitos –continuó relatando Armando- para que supieran que era yo quien iba entrando (sí, entendió bien, a la puerta de calle no le echaban llave); el picaporte de la puerta cancel aún conserva un truquito para abrirla; lancé pasos sueltos por el pasillo que encuadra el jardín de invierno. A través de las placas de acrílico, iluminado por la claraboya, aprecié la esplendidez de la verdura y el remozamiento de la mesa y las sillas de hierro. Por abrir la celosía que antecede el comedor, escuché la voz de Orlando: ¡vení, estamos en el patio de atrás!; el tono contrastaba con el de: “…la vida sigue y estoy obligado a estar en ella…”, fluía cristalina y eufórica; se parecía a la que pronunciaba El Tropezón, el Parque Japonés, quizás el Italpark; con esa fuerza de hoy y dimensión de mañana. Cuando giré, amagando rodear el jardín de invierno, para tomar el pasillo que va hacia la parte posterior de la casa, ahí lo vi a Orlando, tomando la mano de Marta como cuando novios; como al regreso de la luna de miel en Córdoba; como esos atardeceres, él con Marta Alcira y yo con Dora, saboreando exquisitas empanadas salteñas con un argentinísimo torrontés, mirando el río. Una recomendación, si por causa alguna conociera usted a mi Dora, no vaya a decirle doña, por favor… - Pierda cuidado. …Despojado de la enredadera de taciturnidad de días atrás, Orlando me esperaba con vermouth, saladitos y pan cortado a mano según acostumbra Marta. Su sonrisa anticipó a la rodaja de cantimpalo que tendería; su mirada extendió el horizonte y su otro brazo impulsó la silla de ruedas. ¡Estoy hecho un rana, Orlando!, me dijo. Le hincamos el diente al copetín y moderamos el fondo blanco. Disfruté sobremanera su reposición pero más aún su testimonio.
Marta insistía que rezara 3 Avemarías por día. Sin decirle, y a desgano, comencé a hacerlo. Al principio no hallaba relación, pero a la distancia observé que aumentaron las frecuencias de mi higiene personal; gozaba el tiempo en la bañera. Hubieron días que me bañaba hasta dos veces, ¡decile Marta, decile!. Una mañana salió para hacer las compras; vos la conocés, sabés cómo se demora, yo quedé solo, en casa, recostado en la cama grande, del lado donde duerme ella; tomé la Biblia de su mesa de luz y la apoyé contra mi pecho; recé 3 Avemarías, lloré, lloré sin consuelo ni razón aparente e instintivamente busqué el Nuevo Testamento, ¿sabés que había olvidado dónde estaba? Repetía la acción cada vez que ella salía, no quería que me viera e ilusionarla con una débil constancia. ¿No mi amor? Ella devolvió un mohín al estilo de una hechizada por televisión. En la quietud de la pieza escuché: Siguen sin creerme, ¡qué lástima!, oculté la Biblia porque sorpresivamente pasaron a saludar mis hijos, iban para sus respectivos trabajos. La nena confirmó: se te fue la cara de vinagre, viejo; y él: sí, ahora tenés cara de susto. El espanto vino de la cómoda, ojos de lechuza y respiración contenida retenían un ala bajo el acolchado. Retirados los intrusos permanecí mirando la lechuza en el espejo de la cómoda; torpemente abrí la Biblia descansando la vista en “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré. Carguen mi yugo y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón, y así, encontrarán alivio”. Durante unos días sólo recé los 3 Avemarías, y cuando Marta salía, soltaba la osamenta en la cruz que mi corazón traía a mi mente para dejar tormentos y aflicciones. Algo iba cambiando, no sabía qué hasta cuando: “No se pone vino nuevo en odres viejos, porque revientan, el vino se derrama y los odres se pierden. El vino nuevo se pone en odres nuevos, y así ambos se conservan”. A todo esto ni una palabra a Marta; pero ella se daba cuenta, ¡viste cómo son las mujeres! Tampoco podía ocultar muchos cambios; por más feo que estuviera el día yo le pedía salir al patio o estar en el de adelante, ¿quedó lindo, viste?. Traete, Marta, las fotos que seleccionamos para que las vean con Dora; el otro fin de semana nos juntamos para comer un asado, ¿te va?. Ella se ausento. La bruja no cambió ¿viste? y, es más fuerte que yo, volví a declararle mi amor; cada noche, como lo hacía antes. Ella regresó con el álbum y besó las manos de su esposo. Lo que me taladraba el corazón: Siguen sin creerme, ¡qué lástima!.
Seguí con mis oraciones y lecturas no declaradas, y de la mano de los 3 Avemarías mi corazón fue llevado hacia la siguiente reflexión de una parte del Evangelio de San Juan: El mundo fue hecho por medio de la palabra, yo me pregunto, al crear Dios el mundo, ¿no había materializado en otras expresiones al mismísimo Jesús? ¿No había prologado su nombre la habitabilidad de un mundo conforme a las necesidades de los hombres? Esa palabra de la que Juan habla ¿no se había corporizado antes para ambientar el ambiente del que participarían los hombres?. Siendo Jesús la Luz del mundo, el Camino, la Verdad y la Vida, ¿no se había manifestado ya su existencia? Jesús se hermana con la humanidad toda mucho antes de su explícita irrupción en el tiempo terrenal. Tiempo transparente a los ojos del Padre, quien sabiendo qué podría ocurrir en el transcurso, previó, en su prístina creación la necesidad de enviarlo de otra forma para decir: ¿no se dan cuenta?, ¿no se dieron cuenta?. Ese Hijo Único lleno de gracia y verdad, es dado con la misma gratuidad que en otrora fue palabra; palabra de Dios, por consiguiente: Verdad; imperecedera, universal. Pareciera que Juan designa “Palabra” al espíritu que bajó la orden y el ordenamiento de lo creado. Era Jesús. El mismo que vendrá otra vez. Es por ello que en la próxima descenderá de los cielos y, testigos, nos tomará por sorpresa la forma de su revelación. Y no será como Palabra, exclusivamente, ni como el Mesías, exclusivamente, sino la expresión misma de Dios escrutando a cada uno. Y lo hará en el mismo instante, porque al ser palabra, etérea y eterna, incontenible es. Manifestación de Dios en plenitud que dividirá lo que es reflejo de luz de aquello que difunde y propaga tiniebla. Y nos tomará por sorpresa, leyendo y procurando descubrir el tiempo de su próximo advenimiento, y ni siquiera consideramos que antes de su humana aparición, hubo otra venida del elemento de Dios, a la que nadie asistió, porque vino a ambientar el medio ambiente, y cuando creyó el Padre, necesario, lo hizo regresar. Se montó la osamenta para dejar a merced, una vez más, del libre albedrío de los hombres, esa naturaleza divina; como la naturaleza de la creación, ayer y hoy maltratada. Espiritual rudeza reina en nos. Ayer y hoy ignoramos a videntes y profetas del Único Dios; no alcanzaron plagas, no fueron suficientes los mártires, las teofanías se minimizaron. Cuando no erigimos ídolos, veneramos muertos; si cuando vivos nos guiaron a instancias de Dios, ¿por qué asignarles un despacho a la misma altura de Dios?. El poder es de Dios. Vuelvo a lo de San Juan: Creo que se puede advertir la extensión de Palabra-Jesús a lo largo de su libro. La Palabra de Dios es Jesús, por consiguiente Jesús fue Palabra en la Creación. La acción de esa Palabra es de limpieza, liberación, sanación, purificación; capaz de ahuyentar y desmoronar lo humana y vagamente atraído y concebido, lo distorsionado, la entraña de la competencia con Dios, la contradicción a su voluntad. Una vez que obra la Palabra-Hijo Jesucristo ya no hay lugar para dudas; ignorar o negar a Dios es un grave error. Te lo digo yo, Armando; un pecador por ello. Si la Palabra de Dios, es Jesús, y la Palabra de Dios es eterna, Jesús está Vivo. Y no quiero sentir en mi corazón el: Siguen sin creerme, ¡qué lástima!; ese qué lástima puede significar qué dolor. Jesús se expresa con la sutilidad de la creación. Es tan delicada la forma de hablar de Dios que la rusticidad humana no capta la simplicidad y dimensión que ésta tiene. En la complejidad del hombre éste se termina enredando. Dios da al hombre la creación para vivir en libertad. Lo mismo hace después enviando a su Hijo Jesucristo, más sutil lo hace después con el Espíritu Santo, Palabra y Hálito de Vida siempre presentes. Por ser Jesús la Palabra, en Juan, la acción es un torbellino de prodigios. En Palabra-Jesús-Creación está el principio del universo, el fin en donde se resume; circulando la creación como la obra para la renovación de la vida. Dios, luego de la creación, en donde el hombre pareció no descubrirlo, pone la otra mejilla, su propio Hijo, más sensible al golpe humano (desprecio, abandono, indiferencia, descuido, vilipendio, iniquidad, censura, insulto, crueldad física-psíquica, descalificación, desinterés, descreimiento, escarnio, negación…) Expone Dios a los sentidos y al corazón del hombre sus infinitas mejillas y siempre la que viene es más sensible. Observa Él la respuesta del hombre: en el hombre, por el hombre, para el hombre, con el hombre, como hombre todo, de su integridad, para con Palabra-Jesús-Creación. Juan halla en el Cristo de la Cruz el Rostro de Dios derramando amor y más amor cuando más y cuanto más sale del flagelo; de la misma flagelación saca Dios más misericordia ¿El “qué lástima” no será “qué dolor”? Descubre Juan en el azotado -cuerpo, materia frágil-: la bondad de Dios, la vigencia de la Palabra. Testigo del último aliento lo descubre vital. Sensible a Palabra-Jesús-Creación, Juan, la hace circular para no reducirla, para no hacerla transitoria; para no ponerle cotas; para fijarla en los corazones y no dejarla fija temporo-espacialmente; no la hace parte de un contexto sino que pone a la humanidad bajo el arco de Palabra-Jesús-Creación. Vio hacia atrás y adelante; reconoció la extensión del soplo. Palabra-Jesús-Creación es el equivalente al constante movimiento; espíritu de vida. La Palabra de Dios vive en el tiempo incontenible, ilimitado y que contiene a todo tiempo; así lo es Jesús, palabra hecha carne que, venciendo a la muerte, traspasa los límites del tiempo por su pureza purísima; y la Creación, vulnerable, es recreada y pronto, nuevo brote es. Palabra-Jesús-Creación, es. Dios es Misericordioso. Cada manifestación en el curso de la historia ¿no son venidas; acercamientos a los hombres para renovar el vínculo? Nublada la memoria del hombre, el agua limpia y el Espíritu Santo purifica. La una prepara desde lo externo, la purificación arranca y repara desde el espíritu. Se hace necesario el odre nuevo para que el vino nuevo no lo reviente. Gracias a Dios creo porque creo, y decidido a declararlo estoy, Armando, porque no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón ¿no te parece?.
- El otro fin de semana nos juntamos para comer el asado ¿gusta venir, Virdomel? - Gracias. Me he saciado.
En casa, antes de cebarme unos mates, leí: “Ahora, Padre, glorifícame junto a ti, con la gloria que yo tenía contigo antes que el mundo existiera”. (Jn. 17,5)
(1) Provincia de Río Negro – Argentina |